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PIERO

Narrativa

CITA CON HACIENDA

CITA CON HACIENDA

 

 

   A este botón no le encuentro el ojal. Me lo debí dejar en la ventanilla el otro día. El  que perdí las hojas de la rosa que le iba a regalar. Tendría que mirar en el armario de los formularios, puede que esté junto al del segundo trimestre, cuando fui a por etiquetas adhesivas porque la floristería estaba cerrada. Aunque me ponga una camisa con los botones a la izquierda me lo perdonara cuando le diga: “¡Qué guapa estás, Hacienda!”. Y me volverá a perdonar cuando le diga que en la puerta de la floristería había un cartel que ponía: “Te estoy esperando en la acera de enfrente”.

 


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TURBANTE

TURBANTE

 

 

 

 

 

  La primera vez que oí la palabra turbante, no tenía ninguno en la cabeza, por no tenerlo, ni tengo ahora en la memoria el día que lo oí por primera vez. ¿Cómo sabemos cuando entra en nuestro registro civil mental las palabras? Ni idea, pero seguro que en nuestra oficina de nuestro registro civil mental particular, el mostrador no es de negro mármol, a lo mejor es de blanco satén, como turbante. Uno de esos que no se sabe como se forman, puede venir de una sábana, de un mantel sin acabar de plegar porque había que ir al registro civil antes de que cerrara. Sí, parece que no, pero nuestro registro civil mental también cierra, puede que la sección del inconsciente permanezca abierta siempre, pero la oficial, la que te da número de registro y esas cosas, cierra antes de que quites el gas y apagues la luz al acostarte.

 

  No sé porque nunca he visto a nadie dormir con turbante, imagino que porque nunca he ido sentado en un avión subterráneo con un turbante a mi vera. La verdad es que los aviones que vuelan bajo pocas alas deben dar a los turbantes. Pero imagino que no estáis viendo un turbante rosa champán; no, no os mintáis, es imposible, salvo que seáis un número de esposa de saudí aburrido, no habéis visto el rosa champán en vuestra cabeza ni se os ha pasado un avión en vuelo rasante por vuestra tela de cabecera.

 

   O igual es que turbante, rima con elegante, o con rimbombante, o es que como el sufijo pasa, el prefijo turba, y en los domingos de sol de mayo si no te clavan una comunión sin turbante, no te has de preocupar por nada, así que dale que te dale, que mañana si alguien escucha esto, mejor que no lo lea una vista turbada.

 

 

VISTA ATORNILLADA

VISTA ATORNILLADA

 

 

   La radio encima de la cajonera del salón. Junto a ella, los tornillos que su padre le había quitado. “¡Cuántas sandeces suelta la caja esa. Ya no sé si le falta un tornillo a Hitler o al trasto ese! Como solo conozco a este loro, dejo aquí al lado los de la radio. ¡Y no los toques, Fabien!”.

 

   Fabien se iba entonces al garaje y cuando el olor a gasolina se le apoderaba, cogía las latas metálicas, les quitaba el tapón y las ponía en fila junto a la pared. Sin pensar que las iba a fusilar, volvía al salón y cogía los tornillos sueltos de la radio, se los metía en el forro sedoso de su chaqueta verde con coderas, cerraba los ojos y cuando volvía a oler a gasolina, tiraba el tornillo en la dirección en que creía que estaban las latas.

 

  No solía acertar, lo achacaba a su olfato.

 


QUÉ PENSAR...

QUÉ PENSAR...

 

 

 

   ¿De veras tuvo algo de sentido esto? ¿De veras un muerto tiene vida? ¿De veras puedes pensar en que tiene sentido pensar en que el que pensó en ponerlos ahí, estaba pensando en algo más que..?

   No, no quiero pensar más, desde el domingo lluvioso en que vi esta foto no creo que tenga más sentido pensar que...

  Pero es que, ¿has visto los laterales? Tres cuerpos en pie, cínicamente en pie a cada lado de la puerta, tres centinelas sosteniendo la muerte en el pórtico, qué bien pensaron en la composición de lugar, qué bien pensaron en no pensar más que en eso, qué concentración, qué bravura cobarde del que piensa que piensa que...

 

 

VENDAVAL

VENDAVAL

Exposición de Brangulí. Fundación Telefónica. Gran Vía, Madrid.  

 

 

 

 

 

   Hay veces en que el frío no proviene del oeste, ni del norte, ni cálido del sur. Hay veces en que el frío sale de la caldera que llevamos dentro. La caldera que recoge lo ingrato, y de ahí ante ese marco, ese fondo blanco, esa foto en blanco y negro, que parece que olvida el gris, porque los términos medios se difuminan al verla. Se va una lágrima por la derecha, el este del que no viene el viento, se va otra por el oeste, de donde tampoco llega brisa, se va también de la nariz otra gota, pero no viene del norte. Viene del centro de mí, del centro del infierno en la tierra, del centro del infierno que desde Dante alberga millones y millones de esqueletos culpables de haber estado frente al irracional. El día en que un vendaval de esqueletos tumbe a todos los irracionales lloraré de alegría, ¡ah!, y en todas direcciones.

TÍO VÍCTOR EN VENECIA

TÍO VÍCTOR EN VENECIA

 

 

 

   Pues sí, esta noche de viento helador de agosto en z de Zambia, he estado en Venecia, por fin la he soñado, por fin la he recorrido sin gastar las suelas de los maripís. Y he anduvido, qué palabro, pero como he estado en Venecia ya puedo decirlo, por las losas roídas, rozado las columnas de mármol en los chaflanes de las calles secas de Venecia. Y mola mazo pensar en lo que fue de Brodsky al ver esto, porque Brodsky no lo soñó, no, estuvo, y aun así es poeta, qué grande Brodsky. En el primer garito que encuentre me tomo un zumo de tomate a su salud, y pido un Minute Maid para Manuel Vilas, tranquilo Manolo, que en el Florian ni de coña tienen de eso. Vilas vino una vez con su tío Víctor en coche y ahora ya no recuerda si ha estado en Venecia cuando no era ficción lo que escribía.

 

  Una vez, un tío real me dijo que Venecia era como un sueño, qué vista tenía el pavo. Eso es, Venecia estaba en el tío Víctor, Venecia hizo poeta a Brodsky, lo era antes, claro, pero desde la irrealidad de lo que vivió ya no lo pudo negar. Es como Vila Matas, que desde que hace un par de años visitó Dublín, no para de leer a escritores irlandeses. Lo conozco, solo en la ficción, claro, pero por lo que le he leído, seguro que encuentra al Joyce irlandés que todo Dublín lleva dentro, aunque sea un Joyce ficticio. El día que dejo de existir Ceilán se aliviaron mis dudas de si se escribía con z o con c. A veces viene la realidad y te salva, como le oí decir en un cuchicheo al tío de Vilas. Víctor, se llamaba en realidad, con v de viento, ¿o era de verdad?

 

 

Texto acogido por la revista La bolsa de pipas en su número 80, enero-marzo del 2011.

LA BOLSA DE PIPAS

LA BOLSA DE PIPAS

Portada de la revista La bolsa de pipas. Número 80.

 

  La sin par revista literaria de origen balear y destino en ultramar, ha incluido en su número del primer trimestre del año un texto deudor de escritores fundados a los que no diluye la humedad veneciana. Como ha señalado Agustín Fernández Mallo en El Cultural: "Un volumen pequeño pero excepcional". No es poco, pero menos que el empeño de una revista que en formato de bolsa de pipas, desformatea textos al libre albedrío.

 

www.labolsadepipas.com

 

 

NEUMÁTICO VIEJO

NEUMÁTICO VIEJO

 

 

 

  Por mi cumpleaños, mi mamá lleva un neumático viejo, siempre fue así de considerada. Como cada aniversario nunca recuerdo cuando nací, mi madre, dicen que más mayor, tiene la memoria algo más deshilachada. Lo único de lo que sostiene certeza es de que cuando nací ella no estaba en casa. Dice que había quedado con un tal Gila, que tenía un negocio de recauchutados. Al fondo del impoluto desván colgaba de un tallo de corchopán un calendario de hojas caducifolias que siempre tenían el mismo número de hojas. Treinta y dos, como los años que nunca recuerdo que llevo rodando.

LA MAYOR PARTE DE LA GENTE SALE DEL AUTOBÚS CON MÁS GANAS

LA MAYOR PARTE DE LA GENTE SALE DEL AUTOBÚS CON MÁS GANAS

 

 

 

 

   La mayor parte de la gente sale del autobús con más ganas que con las que entra. El joven no tenía ganas de salir de casa, ni de subir al autobús y menos de tener que bajarse porque había llegado al final de línea por tercera vez. Hacía más de tres horas que tenía que haber entregado a la chica las pastas que llevaba en su regazo. Su pantalón de pana gastado en la pernera había recalentado el cartón del presente. Pero no tenía intención de bajarse del autobús, y menos en la parada que le correspondía.

 

   Al joven le asignaron el tercer batallón de infantería al comenzar el servicio militar. Ahí le correspondió, ahí empezó el odio por esa palabra. Por tercer domingo por la tarde consecutivo había comprado las pastas en la confitería junto a Correos. Entre mandarle una carta en forma de nota y llevarle unas pastas comprendió que habiendo sido de infantería no podía confiarlo todo a un sello. Así que aunque fuera por corresponder por última vez tenía que llevar las pastas.

 

  En el amor correspondido hay algo de odio escondido, le decía su sargento de infantería, y por corresponder a su sargento, el joven creyó que debía ser amable y corresponder a las miradas de ella.

 

   Amable y corresponder debía ser su proceder, se repetía de tres en tres veces sentado en el último asiento de la derecha del autobús. De tres en tres pasaban los segundos sin que se angustiara, como de tres en tres pasaban los días sin que la chica entendiera nada. Por eso cuando decidió ir al cuartel a verle, en el autobús no vio más que una caja de cartón gastada con solo tres pastas revenidas. No imaginó que le correspondían. 

 

 

  

CERO

CERO

 

    Me han dicho que parezco un cero. Un cero de esos que ruedan y ruedan por el callejón del diez cuando estoy en un campo de fútbol. Uno de esos a los que gritan en el tendido del siete cuando estoy en los toros. Uno de esos con los que te bautiza tu padre el día que piensa que su mujer parió a un inútil congelado, un estático.

 

 

 

  El cero absoluto es la temperatura teórica más baja posible. Según la mecánica clásica, cuando las partículas carecen de movimiento.

 

 

 

    En mi deambular por las calles de la ciudad a veces resuelvo mis dudas multiplicándolas. De esa manera la resolución de los problemas se aleja, y mi mente se aísla de la realidad y empieza a volar. Desde que me dijeron que parezco un cero, la sensación de que multiplicarme no añade nada, me hace restarme, me quita energía. Tanta que ya temo el día en que mi pareja me diga eso de que soy un cero a la izquierda. La antesala de que me den puerta. La antesala de mi casa tiene una puerta que se abre hacia la izquierda, tan sencilla que hasta mi perro lo sabe.

 

 

 

   El Cero es el especialista de los anuncios por palabras en Asturias y León. Una publicación de prensa con periodicidad semanal, donde los anuncios son gratuitos, salvo los de contactos, esoterismo, profesionales y los anuncios de perros (cachorros, adultos, camadas y montas).

 

 

 

   Decidí comprarme una casa con antesala porque mi padre nunca tuvo una. En esa antesala hay una pequeña placa metálica en la pared que me sirve de portería cuando juego al fútbol con la pelota de tenis que me regaló mi padre el día que dejé su casa. El suelo de la antesala es un mosaico de baldosines, y una franja de ellos es marrón. Trazan un círculo a un palmo de la pared como las líneas en el albero de las plazas de toros. Esa línea marrón le trae de cabeza a mi perro, es una frontera imaginaria que nunca se atreve a pasar.

 

 

 

  “La historia nunca se repite, en el mejor de los casos a veces rima”. El lema que preside  http://fronterazero.blogspot.com quiere ser un llamado a: “¿Qué hacer cuando las cosas no cambian? ¿Qué se hace cuando los que la pueden cambiar son los que están especialmente interesados en que no cambien?”.

 

 

 

     La tarde en que dejó de llover después de una semana sin tregua cogí a mi perro, le puse la correa y le hice atravesar la línea marrón de baldosines de mi antesala. Íbamos a salir de una vez, no podía seguir parado, tenía que salir de ahí y dejar de ver “El ángel exterminador” de Buñuel. Cuando mi perro, casi degollado, atravesó la línea marrón de baldosines, decidí bajar las escaleras de dos en dos.

 

 

 

  El sistema binario, es decir de dos números, en matemáticas e informática, es un sistema de numeración en el que los números se representan utilizando solamente las cifras cero y uno. Es el que se utiliza en los ordenadores, porque trabajan internamente con dos niveles de voltaje (encendido 1, apagado, o).

 

 

 

   Sol, correa, perro, acera seca, andar jovial. Los escaparates relucían esa tarde de asueto, de helados para los niños, cucuruchos de pistachos para los mayores y de horchatas para los ancianos. En esas me crucé con un traje negro inmaculado, una corbata negra impoluta y una camisa de lino negro sin arruga. Un hombre de mentón rasurado, cejas recortadas y mirada inquisitiva me detuvo.

 

   —Disculpe, ¿tiene algo que hacer en las próximas cincuenta y dos semanas?

 

   La cifra era par, alejada del cero, y la decía un blanco vestido de negro. El contraste se multiplicaba, parecía que estaba dudando pero respondió mi inconsciente con premura.

 

   —¿Me está hipotecando un año entero?

   —Le estoy dando la oportunidad de amortizar en cinco años lo ganado en el próximo año. Trabaja para mí uno, tiene para gastar cuatro.

   

 

 

 

  En marzo de 2008 en Chile, salió a la calle el número cuatro de la revista Cerouno. La revista de entretención digital habla de “Partituras de ayer y hoy” en sus páginas cuarenta y cuatro y cuarenta y cinco.

 

 

 

 

    La viola de gamba tiene siete cuerdas, dicen que es el instrumento que más se asemeja a la voz humana. Puede que no la haya tocado bien nunca, pero el hecho de acariciarla hizo que un perro tras otro se acercara a mí. Con mirada agradecida, con actitud sumisa, fueron alejándose de sus dueños para seguir a la viola de gamba. Después de dos piezas, la metí en su funda y eché a andar hacia el río, los perros siguieron fielmente a la funda estampada de anillos. Sin mirar a otras personas, o animales, o números, fueron formando una cola inimaginable tras mis zapatos del cero. Al llegar a la orilla un radiocassette antiguo sonaba a pesar de que parecía que tenía las pilas gastadas, abrí la funda y saqué la viola en plena ribera.

 

 

 

 

  Onda Cero Ribera, la radio de Tudela para los oyentes de todo el Ebro. Música con cuerda y sintonía, música para cuerdos y sobrios, música para uno y para dos,  música para perros y dueños, música desde el cero hasta el cero.

 

 

 

 

   Comencé a tocar y en pequeños e inconscientes pasos los perros fueron entrando en el río. Uno tras otro, antes de que acabara mi diestra el movimiento del arco sobre las siete cuerdas por septuagésimo séptima vez, desaparecieron en el fondo. El hombre blanco de camisa negra, corbata negra y traje negro me tendió un sobre negro. No quedaba ningún perro, también la cifra del sobre acababa en cero.

 

 

 

 

 

                  

CABEZAS EN HUELGA

CABEZAS EN HUELGA

 

 

 

             A un señor le cortaron la cabeza, pero como después estalló una huelga y no pudieron enterrarlo, este señor tuvo que seguir viviendo sin cabeza y arreglárselas bien o mal. Ya se había hecho a la idea de que el descanso en la sepultura iba a ser eterno, o al menos más largo que una huelga. Pero recordó que llegaran cuando llegaran las cuchillas, tenía que entregar el pedido final el viernes.  Al mirarse las uñas llenas del serrín de la guillotina imaginó que las huelgas como las revoluciones siempre terminaban, así que se fue a ver mundo en espera de que volviera el orden. Su pie izquierdo al recoger el impulso de su pierna echó a volar, le siguió sin esfuerzo el derecho que aunque morado por el pisotón que le dio el verdugo sin querer, igual le dolía. Pensó que cuando cogiera altura no podría ver la televisión, pero como la radio también va por el aire oiría en las noticias el final de la huelga. Así que sin rumbo ni prisa se fue por dónde le llevó el viento, que aquella mañana ni sabía que era martes ni a que hora tenía que dejarle junto a la tumba. La sangre del cuello enseguida se coaguló, se le formó una capa fina de pus con la que sus movimientos se adaptaron con facilidad al  viento. En el aire sin huelga, todo funcionaba en orden, los pájaros iban en formación, las nubes se agrupaban, las borrascas iban majestuosas como los transatlánticos por el mar cuando no hay huelga. Moviendo el brazo izquierdo hacia abajo se ladeaba con rapidez hacia la derecha, pensaba que al no poder cabecear caería a tierra, pero el viento que no entendía de huelgas siempre acababa bien su trabajo. Movió la rodilla derecha y su cintura giró cientochenta grados con la suavidad con la que  el cuchillo afilado corta la mantequilla. Se divertía tanto con su movilidad que ya no pensó más en la huelga, ni en que le habían cortado la cabeza, ni siquiera en que era martes. Solo tenía que volver el viernes para entregar el nuevo pedido de cuchillas que le habían encargado para el último grito en guillotinas. Hubiera huelga o no  era hombre de palabra, por lo demás se podían quedar con todas las cabezas que quisieran.

 

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AL BIES

AL BIES

 

 

—¿Ves la ciudad?

—¿Tendría que verla?

—Si miras al bies, igual no la encuentras...

—¿Y quién me asegura que está?

—Te lo acabo de decir.

—Creía que me lo habías preguntado, no afirmado.

—Pues con esa capacidad de deducción, no te sería difícil vivir en ella.

—¿Lo has deducido ahora?

—¿Cuándo es la última vez que no piensas al bies?

—Te diría que hace un mes, pero me dirías que la rima interna sobra, es obvia.

—Sigue afinando, no pierdes finura.

—No creas, es todo fachada, por eso las ciudades igual no me son tan extrañas.

—No, largura exterior no te falta, pero de la interior...

—¿Quieres decir que no sé?

—Quería decirte que, ¿cuál crees que es la mejor manera de llegar a una ciudad?

—No encuentro una respuesta clara, ni cerrada. Depende de dónde se llegue. Si voy a Venecia, por el mar, si llego a Cuenca por abajo, como a Toledo, pero si llego a Huesca solo podré hacerlo desde arriba.

—Te olvidas del espacio que todo lo puede.

—Te olvidas de la percepción, que para cualquier observador, su paso es su notario más fiel.

—Hilas fino, y en ello cargas en tu alforja a la razón, pero cuida que en tu  mochila siempre pueden nacer agujeros por la que se vaya.

—Eso procuro, cuestionarla constantemente para mantenerla activa. Hay ciudades que parecen muertas hace más de siete misas, y es porque solo rezan por ellas, no miran a sus vecinas, y así les va. A veces son las que mirando al mar, dan la espalda a la tierra. Otras son las encantadas de ser nudo de comunicación, se ven imprescindibles, y luego están las que tiran de hemeroteca, que no paran de escarbar en las efemérides hasta que consiguen su jubilación inesperada. Estas suelen ser las peores, porque devolver la actividad al pensionado, eso sí que es más difícil que levantar a un muerto.

—Hablando de muertes y ciudades, ¿has estado en Venecia?

—No, ¿por qué?

—Porque siempre dicen que se está muriendo, o si el que lo dice es ácido, que solo le queda el responso, que es un cadáver expuesto.

—Expuesto, sería un buen calificativo para el susodicho. El problema de exponerse es saber guardar la trasera. Lleva un mundo y catorce misas Venecia muriéndose, pero sabiendo que un día lo hará, o sea, es consciente de su condición, supera en funerales a cualquier otra ciudad, que se cree eterna. ¿O Atenas y Roma no se creen superiores?

—Dieron lugar a civilizaciones, y con ellas a las ciudades.

—Ya, buscando el origen se cree que se llega a la raíz. Pero, ¿no existía ya para entonces Alejandría?

—Sí, y venía ya de largo, de más de veintiuna misas.

—Y sin el cristianismo, más ligera andaba.

—¿Dónde iría una ciudad?

—A conocer otras, a viajar, a ver mundo, porque no creo que se conformara con que los visitantes, y menos los turistas, le contarán como son. Las ciudades son muy observadoras, ven cuando todo duerme, gimen cuando la tocan, sonríen cuando las engalanan pero sobre todo acogen y esconden, son un gueto optimista.

—Sí, menudo gueto optimista fue Troya.

—Más de veintiocho misas la contemplan, sin tener religión.

—Entonces el ingenio no recurría a la ironía.

—Ya, quieres decir que Esquilo no la manejaba.

—Quiero decir que no era un arma del que ahora todos se sirven.

—Me hace gracia ese arranque de actualidad que te ha dado. Es muy humano pensar que la actualidad pesa, pero al tiempo lo veo tan ligero.

—Es cierto, lo saben bien las ciudades, que con aplomo resuelven lo que los urbanistas pretenden imponerles, eso sí que es actual.

—¿Y eso no es el festival contemporáneo de enero en Logroño?

—Sí, bingo, Logroño es una ciudad que ha respetado su estructura de la que guarda una calle alma como es la del Laurel.

—El que daban al general que entraba victorioso en Roma.

—O sea, el Laurel es eterno.

—Es eterno para el hombre lo que siempre guarda en su mente, pero las ciudades aun siendo obra suya le trascienden, como las ciudades invisibles que hace tiempo que no dependen de Calvino.

—Quieres decir que siendo hijas de la civilización, no le son deudoras, no necesitan de su mirada.

—No, pueden ser un icono, un recuerdo, una casa para el hombre, pero su única lucha es con la naturaleza. No necesitan medidores de misas, ni cálculos numéricos, ni aproximaciones de hombradas.

—Vamos, que no andan al bies...

 

PIPAS

PIPAS

 

                                                                     

 

 

   Voy a comprar pipas. Recojo la calderilla del zaguán, las llaves, una bufanda olvidada hace lo menos tres miércoles en la silla junto a la entrada y cierro la puerta con un silbido inesperado. Bajo la escalera con ritmo, calculando el tempo entre pisada y pisada, entre escalones, cuarto de nota breve, corchea con tendencia a semi, la goma de mis zapatroncos de piel falsa me devuelve a mi estado más inocente.

 

   Hacía tanto que no salía a la calle a por una chorrada, recuerdo cuando no tenía barba y bajaba a comprar un paquete de Ducados al estanco bajo mi casa para mi hermana y con las dos pesetas que sobraban me alcanzaba para comprar un chicle Cheiw junior sabor fresa. La fresa en goma de mascar era para mí como la quintaesencia de la modernidad. De dónde llegaría la fresa, seguro que no era de Huelva, vamos mejor no pensarlo, ahora. Entonces todo era de otra manera, entonces… entonces todos éramos más ingenuos, Suárez era un señor que salía todos los días en los periódicos y Del Bosque era un elegante vestido de blanco con pantalón corto y ya para siempre a un bigote adosado. Eso era un bigote, o acaso era un signo de respeto, de esos que no permiten tutear. Porque entonces se veía todo a la altura del cuello del adulto y si se mirabaa más arriba se veía aquella alfombrilla de nariz que coronaba a la corbata modelo lengua de rinoceronte.

 

    La época en la que los rinocerontes eran unos animales que salían en la tele en blanco y negro, en la que no imaginabas que hubiera épocas en la vida de las personas, todo se medía por días, a lo sumo semanas, al máximo en cuántos paquetes de pipas alcanzaba con veinte duros. Veinte duros en pipas, un tesoro en medio de la ciudad. Entonces no cabía imaginar que comer pipas La cumbre evitaba cualquier derrumbe. Ni que esa palabra hiciera rima interna o la llevara a otro lugar Menéndez Salmón. Entonces si que era caro el salmón, entonces si que el colesterol bueno o malo no había salido a flote. Entonces comer pipas de girasol no reducía los niveles de colesterol, ni subían la tensión. Entonces ni sabía de donde venían las pipas. Como iba a pensar que salían de un círculo rodeado de pétalos amarillos que como orientaban su cabeza al sol se llamaban girasoles.

 

   En estas andaba cuando pisé el adoquín de la calle con mis zapatroncos trasnochados. Y calculando los pasos que consumía pensé en como se cata un melón, esas operaciones rayanas en la estupidez supina, que todos en el supermercado realizan con soltura. No hay más que ver la cara del catador, con la mirada perdida, los nudillos afilados, la estupidez subida. Pues sí, hoy sería el estúpido con barba que cataría en la tienda de chucherías las bolsas de pipas. Subí el mentón y entré en la tienda decidido.

 

−¿Las bolsas de pipas?

−Buenos días −me dijo el dependiente−, no es tan complicado saludar antes de preguntar.

−Venía a comprar la mejor bolsa de pipas, no a recibir clases de corrección. Podría decirme dónde paran.

 

Dirigió su  mirada a un cesto grande lleno de bolsas de pipas y no me volvió a prestar más atención.

 

 

Ahora tenía todo el tiempo del mundo para catar. El plástico del envoltorio despistaba un poco, pero viendo el calibre de la pipa y los restos de sal adheridos podía calcular el grado de humedad de la pipa. Ya está, ya tenía una característica pedante sobre la pipa, el grado de humedad de la cáscara de la pipa de girasol. Ya podía remozar mi capacidad de crítica con ese parámetro. Mi pecho se empezó a envalentonar, y mi mirada se lleno de valentía infundada. Creía que estaba contribuyendo a un pleno acto de mejora de mi nivel de colesterol.

 

  Ramón Sánchez Ocaña, cuando no juega al badminton con cinta de algodón elástica en la frente, recomienda el uso de alimentos omega tres en todas las ingestas. Porque el nivel de ácidos trans en la dieta occidental de hoy en día es una de las principales manchas de la nutrición. La ingesta de productos vegetales mejora el nivel cardiotónico de las arterias, y revierte en una mayor fortaleza cardíaca. Y carámbanos, como farda escuchar a Ramón Sánchez Ocaña decir que cuidando la dieta se contribuye a la mejora de la salud y por tanto a un mejor ambiente en las personas del entorno.  Porque llamarse Ramón Sánchez Ocaña da tanto respeto que acojona, uno escucha ese nombre y espera ver a un teniente general con bigote a lo Del Bosque, recordando batallitas de cuando Suárez se quedó sentado en su escaño. Como para regalarle una bolsa de pipas para mejorar su colesterol. Los que tienen mirada de teniente general no comen pipas, tienen cosas más importantes que hacer. Tienen que elegir el tono de la corbata que haga juego con los ligueros de sus calcetines. Porque alguien que se llama Ramón Sánchez Ocaña lleva ligueros tenga o no su sexualidad resuelta. Como para preguntarle como es su sexualidad. Con el colesterol vamos que chutamos. Voy a esperar al próximo miércoles a comprarme otra bufanda para el zaguán. A Ramón Sánchez Ocaña, mejor nada, ¿quién se atreve a regalar algo a alguien que bebe tres vasos al día de leche de soja?

 

¿ES POSIBLE LA FELICIDAD?

¿ES POSIBLE LA FELICIDAD?

 

 

 ¿Es posible la felicidad?

   

 

   “El dolor siempre es pregunta, y el placer, respuesta”. Escribió Paul Valery a mediados del XX. Por eso lanzarnos en pos de una respuesta es una búsqueda del placer, un viaje. Y es cierto, tenemos el billete con los datos completos. Pero, ¿qué pone por detrás? ¿Por qué no leemos el reverso? ¿Nos atrevemos? Vamos allá. De nuevo otro dolor, otra pregunta.

 

¿Es imposible la infelicidad?

 

   Lo mejor es que iniciemos el viaje. Diría alguien a primero de mes, que con el bolsillo repleto pocas pruebas se hacen agrestes, pocos esfuerzos matarían su moral. Incluso en un arrebato de euforia, no lo olvidemos, la euforia es algo intrínsecamente humano, la infelicidad no cabe en su bolsillo. El bolsillo del viajante suele ir lleno de cosas inesperadas, de objetos que de normal reposan en el cajón del limbo. Y el limbo y los viajes son dos vacunas para la infelicidad, por lo que si son vacunas, antes estuvo el anticuerpo, antes estuvo la infelicidad. Y si estuvo no fue posible que no existiera.

 

  De modo que la infelicidad no atiende a bolsillos rocambolescos ni a cajones mágicos. Está en la medida en que se la piensa, en la medida en que se la siente al nombrarla y sobre todo al recordarla. Por lo que la infelicidad es algo que ya ha ocurrido. Y en el ocurrido se revela su innata existencia. Entonces podemos dejar atrás ya el pasado, depositarlo en el anaquel de nuestra memoria que mejor se adapte a la infelicidad y aventurarnos por fin, sin peligro de volver atrás, en la pregunta, es decir, en el dolor que nos cita.

 

¿Es posible la felicidad? En la medida en que el placer es la respuesta, como dijera Valery, la sola búsqueda de la misma es ya una fuente de placer. Una lucha por la mejora, por el progreso, por el dejar atrás el pasado. ¿Lo estamos viendo? Hay movimiento, hay acción, hay posibilidad. Y en la medida en que surge la posibilidad, el concepto buscado se aproxima en nuestra mente. A nuestra mente le parece que la palabra felicidad puede tener algún significado experimental. Algo que reconozca cuando se presente. La mente, en este caso, está posibilitando su existencia mediante la concepción previa del término. Todavía no sabemos si es posible la felicidad, pero sí conocemos, y esto no deja de ser importante, que el representarla de algún modo en nuestro cerebro acarrea la posibilidad de que sea factible.

 

  Dice la RAE que factible es lo que se puede hacer. Y si seguimos moviéndonos, es decir, provocando una acción, es decir, buscamos el término hacer en la RAE, nos dice que es producir algo, darle el primer ser. No hay ser humano que al oír la expresión darle el primer ser no la asocie de inmediato con nacimiento. Y una de las fuentes primeras y originales del ser humano es el concepto de nacimiento, fuente de felicidad inocente. Y la inocencia es una de las primeras características del ser humano. Un rasgo del que todos estamos dotados al inicio. Por lo que si en el nacimiento reside la inocencia, aunque sigan existiendo Herodes, esa fuente de felicidad no ha dejado de manar nunca, está entre nosotros. De hecho ya lo estaba hace mucho tiempo, sin ir más lejos en la Grecia clásica. Decía Aristóteles: “La mejor de todas las cosas es la felicidad”. Hemos leído bien, lo que decía Aristóteles es que la felicidad es. Y en su ser radica su existencia, transforma la posibilidad en realidad. Puede que esa realidad sea intangible en la mayoría de las ocasiones, pero eso no la exime de su existencia. Quizá no sepamos dónde anda, ni qué es, ni siquiera el por qué de su existencia, pero es posible que este corolario nos aproxime más a ella. Sea.

 

 

 

¿Qué? Quizá lo que intuyó Julien Gracq: “La única forma que vale: deambular indefinidamente y sin referencias”.

¿Por qué? John Ashbery algo se olía: “En algún lugar alguien está viajando furiosamente hacia ti”.

¿Dónde? Giacometti apuntó: “La aventura, la gran aventura, es ver surgir algo desconocido, cada día en el mismo rostro. Es más grande que todos los viajes alrededor del mundo”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LETRAS ENCARRILADAS

LETRAS ENCARRILADAS

 

 

 

 

 

 

 

 

—¡Viajeros al tren!

 

 

   Tres palabras que a lo largo del siglo XX se han repetido hasta la saciedad, y sin embargo casi nunca han extenuado. El apetito por los viajes no ha disminuido con el paso del tiempo.

 

  Tres palabras que marcan tres fases.

 

   La primera palabra, viajeros. No sé porqué pero enseguida se coloca al lado de la palabra lectores. Parecen inconscientes sinónimos que no se conocen de antemano pero que descubren una afinidad innata. Porque el comienzo de todo proceso relacionado con la literatura se ha iniciado con la lectura. El primer viaje entre líneas para quien tiene vista. La misma vista que contempla un paisaje nevado a toda velocidad desde el vagón, es la que ve la estepa rusa en las frases de Dostoievski.

 

  Un viaje de rumbo inconsciente, en el que se diluye el punto de partida, no se tiene destino, mientras la nebulosa de la droga literaria va cuajando como la cabaña que Baricco nos describiera allá por octubre. Porque esa es otra, octubre ya no es un mes, el tiempo tiene ahora otro sentido, si es que existe el tiempo. Existió Baricco aquella tarde soleada de jueves en De Rojas.

 

   Ese fue el último momento estático, porque luego llega la segunda palabra.

 

   La segunda palabra, al. La palabra que indica movimiento, traslación o cambio o... que más da, lo que fija es que ya hay un viaje en marcha. Una visión de lector de piel cuarteada, con ganas de encontrar un buen betún para su piel. El lector que quiere leer como lo hace un escritor, el que ya no ve nunca más un solo nivel de lectura, el que busca el ritmo entre las haches intercaladas, el que se adentra en los párrafos como inspiraciones profundas y sale de cada libro cuarteado. Con otra piel, con otro código.

 

Ese fue el primer momento dinámico, porque luego llega la tercera palabra.

 

  La tercera palabra, tren. La palabra que contiene otro mundo en la tierra. La que alberga sobre raíles otro espacio, otro tiempo, otra manera de interpretar. Porque dentro de un tren las sonrisas son más calmadas, el paso se adecua a la marcha del viaje y todos los inconscientes regalan velocidades distintas. El leer se hace más calmo, el imaginar otros viajes más placentero, y el escribir, ay, el escribir.

 

  El escribir es un golpe permanente en la cabeza, un zumbido perpetuo que recorre todos los raíles que al mundo han zurcido. Un zumbido que desprende un poema matutino, una crónica a la hora de la siesta o un relato antes de que pongan las calles en las ciudades entre las que se desplaza el viajante. Sí, viajante, porque el escritor es un viajante con su cabeza por maleta y sus letras por alforja. Ligero de equipaje, se desplaza por los raíles del interlineado sin horizonte preciso. Escuchando el roce de las ruedas del vagón, silbando calladamente la melodía de sus líneas, pierde su mirada en el cristal que le devuelve la efigie de lo que hace. En ese uno contra sí mismo, hay un uno contra el Uno de Heidegger, una lucha en pos del fracaso. Del fracasa otra vez, fracasa mejor de Samuel Beckett. Heidegger contra Beckett, la doble g contra la doble t.

 

   Galopa el tren, ironizando a García Lorca en su: “qué silencio de trenes boca arriba”.

EL PASO EN MANTUA

EL PASO EN MANTUA

 

 

 

 

 

 

 

La mañana había salido fresca. Buena para los mantovanos, pero la bruma esponjosa que calaba en mi costillar no me dejaba darles del todo la razón. Me calcé las botas de ruido seguro y empecé a caminar por su adoquín. No tardó en hablarme de cómo estaba a esas horas. Me devolvía mis pisadas en forma de charco mocoso, a veces mohoso, y a mis calcetines les comenzó el temor de pasar un día entre humedales.

 

  No me amilané, la permeabilidad del paseante depende de tantos factores desconocidos que hacerse el ignorante profundo cuando comienza el callejeo desatasca la garganta. La flema que me había acompañado la noche anterior en la cama se había quedado en el váter de diseño lombardo gris. Verde sobre gris, combinación improbable para dar calma, pero que a mí me aliviaba como el que pasa la página más agreste de su diario triste de jueves rutinarios.

 

  Sí, un diario de jueves, de querencias adoptadas, como las madalenas industriales que se comen cuando no queda ni una chispa de imaginación en tu fósforo cerebro. Esas traicioneras madalenas que ni con leche se despegan de la glotis. Redondas en su forma externa, pero repletas de puntas de miga cuando llegan a la garganta. Un trago de agua sin gas me devolvió la calma, y busqué agua en grandes cantidades. La encontré en el lago que abraza la muralla de Mantua. Me calmo la vista, relajó mi pulso y el sonido de un cisne remolón adormeció mi oído. El susurrar inocente del viento en el sauce llorón hizo de anestésico y me olvidé de los humedales que acechaban a mis calcetines.

 

  Caminé por la hierba fresca junto al agua dulce y mis pasos empezaron a hablar de tierra machacada por las innumerables incongruencias de los paseantes. Incongruencia en el fumar puros toscanos con una tos egregia, incongruencia de comerse un bocadillo de panceta con la barriga feliz, incongruencia en los pies descalzos que llamaban al humedal a prestarles un buen revuelto de hongos. De esos hongos color crema, color marrón, color incongruencia.

 

   De esa rítmica incongruencia que me entró cuando vi a una cuadrilla de mantovanos reírse sin parar por la calle, a los que tuve que ceder el paso para no ser atropellado. Qué hacía allí alejado de todo lo que me aferraba a lo que era. ¿Cuántas lágrimas caben en Mantua?, ¿cuántas lloreras caben en su lago? Lucrecia se manifestaba en cada sonrisa de italiana maquillada que me cruzaba, Lucrecia me guiñaba un ojo cada vez que se reconocían dos paseantes, Lucrecia me miraba desde cada escaparate en penumbra, Lucrecia me susurraba al oído que era una sombra gris en un mundo de sonrisa verde. Lucrecia me recordaba la flema matinal en el váter lombardo. Maldita la hora en que le dije a Lucrecia: “me voy a Italia, haz con tu humedad lo que quieras”.

 

 

 

SUELA SINTÉTICA

SUELA SINTÉTICA

 

 

 

 

  Subí al vagón del metro con el pelo calado por la tromba. Me senté en espera de un poco de calma, pero un par de mujeres de tobillos anchos ocuparon con sus paraguas los asientos de enfrente.

 

—¿Y cómo has dicho que se llamaba la señora esa?

—Lucrecia.

—Pero ese nombre existe —preguntó  Lola frunciendo el entrecejo.

 

Raquel se miró las pulseras que le había regalado Lola puntualmente cada cumpleaños.

 

—Si se llama así, es que existe, ¿no? No conozco a nadie que existiendo, su nombre sea ficticio. Desde el momento en que existe alguien con un nombre, ese nombre existe. Es de cajón.

—Mira, Raquel. No entiendo porque me tienes que llamar encajonada, o encajadora, o acojonadora, o lo que tenga que ver con cajón, y un jamón. Te he traído el paraguas porque sabía que iba a diluviar y lo tuyo es vivir en Babia. Mírate, si no fuera por las pulseras que te regalo, cualquiera te confundiría con una pordiosera.

 

Se volvió hacia mí, pero no tenía el día para aseverar. Escondí la mirada en los zapatos de Raquel.

 

—Y tus zapatos, dan grima. No ves que la suela sintética te hace patinar a la mínima. Lo que faltaba, la patosa Raquel muere como una pordiosera en el andén.

—Y creerás que tienes gracia. Dejarme en evidencia, siempre. Como autodefensa, ¿quizá?

—Encima de torpe y quejumbrosa, faltándome.

—Sabes la causa de que esté así, el porqué de ir vestida como voy, y te regodeas de todo y para más inri con todo el vagón.

 

Me dieron ganas de pedir al resto del vagón que le cantáramos las cuarenta a Lola, pero tampoco tenía el día de héroe por un día.

 

—Lo que te ocurre sólo tú lo sabes, pero desde luego es un anticipo de lo que te va a venir, porque ni un pequinés en día de permiso se tira cuesta abajo para llegar a Saigón.

—Me encanta, otra de tus pedanterías limpias para que no mancille nadie tu honor. El honor de Lola, en las mejores salas, sonido Dolby Sorround, para que la voz de Lola, sí, esa que ustedes estaban esperando, retumbe en sus tímpanos.

—Gracias por la bendita ironía, sabes lo que me duele no haber llegado a estrenarla por culpa del tirón que tuvo la de... ¿cómo se llamaba la pestilente esa?

 

Reaccioné al ver el cartel de Sol, me bajé sin oír el nombre, pero sonreí imaginando que se llamaba Lucrecia.

CALACUELLOS

CALACUELLOS

 

  

   En Calacuellos el sol había luchado por diluir el charco grande ante la puerta de la casa. Lucrecia cuando iba dejando atrás la digestión del revuelto de gambas con el que desayunaba los lunes perezosos buscaba un poco de aire fresco y seco en la pradera de delante de su casa. Le gustaba pensar que a esas horas, y tan sólo tres meses antes, tendría el churro subiendo y bajando por su esófago en espera de colarse en el teléfono del que nunca se podía desprender. Hasta el día que colgó el auricular sin dudarlo. Vio caer los primeros copos sobre el asfalto y desapareció la venda de sus ojos. La costra de pus que era el teléfono se quedó sobre la mesa. La nieve le había susurrado en silencio una nueva piel.

 

   En Calacuellos Lucrecia aprendió enseguida a ponerse crema de manos todas las mañanas. El viento del noreste era ácido las mañanas indecisas y dejaba cuarteada la piel. Lucrecia lo bautizó como el cítrico. Como el zumo de naranja recién hecho. Llegaba desde el monte Pacino cargado de decisiones inesperadas, de quiebros y vericuetos para hacerse el amo del lugar. Pero esa mañana, el cítrico no salió a desayunar. Su hueco lo aprovechó una borrasca pendenciera que se instaló en el valle de Calacuellos sin preguntar.

 

   Tan rápida se hizo con la situación que a Lucrecia no le dio tiempo a bautizarla, era una borrasca tramposa que susurró sin dudas una burda excusa al sol para que escampara del valle. La borrasca sin nombre se desperezó, estiró las piernas de helado de corte y con los brazos de estalactitas empezó a sudar. Poco a poco las gotas de agua congelada de las estalactitas cayeron sobre Calacuellos. Los primeros copos sorprendieron a Lucrecia, pero no la disuadieron de seguir su paseo. Cuando los brazos de estalactita de la borrasca sin nombre carburaron a todo hielo, las piernas de helado de corte comenzaron a trocearse. Como esos helados de barra que Lucrecia tomara tantas veces de postre, las piernas de la borrasca sin nombre empezaron a filetearse sin remedio a golpe de alcalino, el viento básico del noreste que casi nunca pacía por Calacuellos.

 

    Alcalino era un viento esquivo, que gustaba de autochequearse cada poco tiempo para mantener su nivel afilado intacto. Cuando se le acercaba una borrasca perezosa, le gustaba ponerse a su rebufo y cuando veía un valle como el de Calacuellos, con forma de olla a presión, le encantaba provocar vapor en las piernas de la borrasca. Los filetes de pierna de borrasca caían sin remisión sobre Calacuellos en fila, como paracaidistas en día de exhibición. Pero a Lucrecia no le gustaban las exhibiciones, su calzado no era de día de fiesta y estaba empezando a calarse su comprensión. Sus brazos parecían querer convertirse en aletas mientras su piel asemejaba a escamas. Al echar la vista atrás sólo encontró el alero de la casa por referencia, el camino que conocía de memoria

lo había borrado la borrasca sin nombre. Perdió su zancada feliz de día de revuelto de gambas, y sus tripas empezaron a rugir. Y la borrasca sin nombre lo debió notar porque de sus entrañas empezaron a salir trozos de carne como hígados cirrosos tras borracheras descomunales. Y cuando los trozos de hígado de borrasca cayeron sobre el valle, el hedor se hizo insoportable. Los restos de alcohol trasnochado convirtieron a la borrasca en pestilente. Lucrecia se llevó un pañuelo a la boca por ver si mantenía la respiración aunque hubiera ya perdido el paso. No podía seguir camino, le abandonó también la vista tras la niebla densa de las piernas de borrasca fileteadas, y dejó de inspirar por la nariz con el hígado borracho de la sin nombre. Derrotada en medio del bosque que antecedía a Calacuellos, recordó la mañana en que colgó el teléfono de la oficina para siempre. La mañana en que esquivó su rutina. La que le había dejado hoy noqueada en el bosque al confiar en su orientación. También hoy era una mañana esquiva. Antes de perder el conocimiento encontró nombre para la borrasca. La borrasca sin nombre y ahora sin piernas ni brazos ni hígado conservaba la cabeza por lo que oyó sin problemas su bautismo. La borrasca áspera.

 

 

 

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  Hoy hace un año, la foto de Samuel Wolstenholme empezaba a ser visitada. El rincon de Piero echaba a gatear sobre rastros de hierba inglesa, con una viola de gamba de siete cuerdas francesas de Sainte Colombe como sintonía y con la vista en la cúpula que Mantegna pintara en el Palacio Ducal de Mantua, anunciando pieles de martes como tiras de una Italia a la que Piero nunca acaba de descubrir. Por eso hoy estas líneas en las que descansan tus ojos quieren ser de agradecimiento por parte de Piero, gracias a los miles de miradas que han acompañado su primer año. El de arranque, el piloto, el de Introitio. Con un año cumplido, Piero es un bebé algo torpón que intenta por fin ser un bípedo. Que sus pisadas os acompañen cuando vuestra mano quiera. Porque todos los caminos voluntarios nunca llegan al destino prefijado. Cosas de la providencia. Como este rincón que siempre se alegra de veros.

PASEO EN PAUSA

PASEO EN PAUSA

 

   Resbalaba por las hojas funerarias el erizo socarrón. Mientras, el eucalipto inflacionista creía que él era para la pradera de membrillo, lo que una pluma para un faquir.

 

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