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PIERO

PIPAS

PIPAS

 

                                                                     

 

 

   Voy a comprar pipas. Recojo la calderilla del zaguán, las llaves, una bufanda olvidada hace lo menos tres miércoles en la silla junto a la entrada y cierro la puerta con un silbido inesperado. Bajo la escalera con ritmo, calculando el tempo entre pisada y pisada, entre escalones, cuarto de nota breve, corchea con tendencia a semi, la goma de mis zapatroncos de piel falsa me devuelve a mi estado más inocente.

 

   Hacía tanto que no salía a la calle a por una chorrada, recuerdo cuando no tenía barba y bajaba a comprar un paquete de Ducados al estanco bajo mi casa para mi hermana y con las dos pesetas que sobraban me alcanzaba para comprar un chicle Cheiw junior sabor fresa. La fresa en goma de mascar era para mí como la quintaesencia de la modernidad. De dónde llegaría la fresa, seguro que no era de Huelva, vamos mejor no pensarlo, ahora. Entonces todo era de otra manera, entonces… entonces todos éramos más ingenuos, Suárez era un señor que salía todos los días en los periódicos y Del Bosque era un elegante vestido de blanco con pantalón corto y ya para siempre a un bigote adosado. Eso era un bigote, o acaso era un signo de respeto, de esos que no permiten tutear. Porque entonces se veía todo a la altura del cuello del adulto y si se mirabaa más arriba se veía aquella alfombrilla de nariz que coronaba a la corbata modelo lengua de rinoceronte.

 

    La época en la que los rinocerontes eran unos animales que salían en la tele en blanco y negro, en la que no imaginabas que hubiera épocas en la vida de las personas, todo se medía por días, a lo sumo semanas, al máximo en cuántos paquetes de pipas alcanzaba con veinte duros. Veinte duros en pipas, un tesoro en medio de la ciudad. Entonces no cabía imaginar que comer pipas La cumbre evitaba cualquier derrumbe. Ni que esa palabra hiciera rima interna o la llevara a otro lugar Menéndez Salmón. Entonces si que era caro el salmón, entonces si que el colesterol bueno o malo no había salido a flote. Entonces comer pipas de girasol no reducía los niveles de colesterol, ni subían la tensión. Entonces ni sabía de donde venían las pipas. Como iba a pensar que salían de un círculo rodeado de pétalos amarillos que como orientaban su cabeza al sol se llamaban girasoles.

 

   En estas andaba cuando pisé el adoquín de la calle con mis zapatroncos trasnochados. Y calculando los pasos que consumía pensé en como se cata un melón, esas operaciones rayanas en la estupidez supina, que todos en el supermercado realizan con soltura. No hay más que ver la cara del catador, con la mirada perdida, los nudillos afilados, la estupidez subida. Pues sí, hoy sería el estúpido con barba que cataría en la tienda de chucherías las bolsas de pipas. Subí el mentón y entré en la tienda decidido.

 

−¿Las bolsas de pipas?

−Buenos días −me dijo el dependiente−, no es tan complicado saludar antes de preguntar.

−Venía a comprar la mejor bolsa de pipas, no a recibir clases de corrección. Podría decirme dónde paran.

 

Dirigió su  mirada a un cesto grande lleno de bolsas de pipas y no me volvió a prestar más atención.

 

 

Ahora tenía todo el tiempo del mundo para catar. El plástico del envoltorio despistaba un poco, pero viendo el calibre de la pipa y los restos de sal adheridos podía calcular el grado de humedad de la pipa. Ya está, ya tenía una característica pedante sobre la pipa, el grado de humedad de la cáscara de la pipa de girasol. Ya podía remozar mi capacidad de crítica con ese parámetro. Mi pecho se empezó a envalentonar, y mi mirada se lleno de valentía infundada. Creía que estaba contribuyendo a un pleno acto de mejora de mi nivel de colesterol.

 

  Ramón Sánchez Ocaña, cuando no juega al badminton con cinta de algodón elástica en la frente, recomienda el uso de alimentos omega tres en todas las ingestas. Porque el nivel de ácidos trans en la dieta occidental de hoy en día es una de las principales manchas de la nutrición. La ingesta de productos vegetales mejora el nivel cardiotónico de las arterias, y revierte en una mayor fortaleza cardíaca. Y carámbanos, como farda escuchar a Ramón Sánchez Ocaña decir que cuidando la dieta se contribuye a la mejora de la salud y por tanto a un mejor ambiente en las personas del entorno.  Porque llamarse Ramón Sánchez Ocaña da tanto respeto que acojona, uno escucha ese nombre y espera ver a un teniente general con bigote a lo Del Bosque, recordando batallitas de cuando Suárez se quedó sentado en su escaño. Como para regalarle una bolsa de pipas para mejorar su colesterol. Los que tienen mirada de teniente general no comen pipas, tienen cosas más importantes que hacer. Tienen que elegir el tono de la corbata que haga juego con los ligueros de sus calcetines. Porque alguien que se llama Ramón Sánchez Ocaña lleva ligueros tenga o no su sexualidad resuelta. Como para preguntarle como es su sexualidad. Con el colesterol vamos que chutamos. Voy a esperar al próximo miércoles a comprarme otra bufanda para el zaguán. A Ramón Sánchez Ocaña, mejor nada, ¿quién se atreve a regalar algo a alguien que bebe tres vasos al día de leche de soja?

 

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5 comentarios

Zorro -

Coincido en que el diálogo es brutal

mapi -

me gusta mucha te lo explicare en un adjunto

QUIETRIA -

Llevo mil años despachando maravillas en mi bazar de colores.
Soy vieja como las pipas, moderna como un chicle rosa, compacta y dura como un paquete de Ducados. Mi piel salada está hecha a todo. Pero no aguanto a los tipos con una cinta en la frente, vaya.

Marcos Ortega -

No sé si te lo dije en su momento, pero el diálogo del dependiente me parece genial :)

mirada -

Un texto encadenado muy ameno. Y así da gusto empezar la mañana.
Gracias, Piero.
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