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PIERO

EL FRUTO DEL ABANDONO

EL FRUTO DEL ABANDONO

 La ciudad abandonada. Fernand Khnopff.

 

  Ezequiel les enseñó la rueda. Nadie el rectángulo que conformaban aquellas fachadas. Fachadas largas de construir, penosas de subir sin elementos que las sostengan. Porque ese era el principal problema que tuvieron siempre. En una comunidad tan fría como reglada sostenerse era una práctica en desuso. Carlos iba más allá, nunca en aquel rincón protestante se habían apoyado mutuamente. Era una de esas inopinables reglas que machacaban ánimos latinos con delicada sutileza.

 

  Ni un minuto tardó Carlos en aprender como construyeron aquella ciudad. Llegaron en una mañana clara a la ensenada y al verse guarecidos supieron que era un buen sitio para formar su nueva colonia. Los protestantes en aquella época buscaban mantenerse alejados de los católicos que dominaban Europa. Las tropas de Carlos V tenían en la Liga Hanseática  su mayor espina. Y esta ciudad era el comedón del grano. El centro de pus de donde salían los peores elementos, los que amenazaban con fundamento la estabilidad del Imperio.

 

  Carlos no entendía la necesidad de aquel monolito blanco delante de la fachada. Le erizaba la piel pensar en las fachadas rematadas sin alma, con tanta sobriedad como falta de carácter poseía aquel pueblo. Aquel par de puertas sólo podían llevar al peor de los infiernos en la tierra- pensó. Así que no dudo en franquear la que quedaba a nivel del enlosado mohoso por las avenidas de la marea. La oscuridad húmeda le recordó su infancia, la falta de vida, la muerte que en cualquier momento podía acudir a su encuentro. Recordó la disposición espacial que tenía de la casa antes de entrar y buscó la puerta que diera a la calle tras descender media docena de escalones.

                       

   La encontró, salió en busca del aire y se reencontró con el monolito blanco. Principio y esencia de aquella ciudad  abandonada. Sabía que nada tenía sentido, no se deja algo que se ha creado, nunca una madre abandona a su hijo. Aquél pueblo escondía su ser, Carlos su identidad. Quien podía pensar que el emperador ni siquiera cambiará de nombre para infiltrarse en área enemiga.

 

   Fría, húmeda, mecida por el mar; nada permitía pensar que quedara un atisbo de vida en aquella bahía. El tiempo había pasado de largo, era ya atemporal en su quietud. Carlos recordó haber visto antes aquella misma plaza, y que la volvería a ver otra vez. No había tiempo en esas fachadas, ni cuerpos en sus casas, ni almas en sus ladrillos. La bruma que se adueño del atardecer le enseñó que allí donde no hay nada deambulan los fantasmas que fueron abandonados por sus coetáneos. Como la ciudad, mudo testigo de que el hombre es el único ser capaz de abandonar su creación. Carlos V de Alemania y I de España vio su Gante natal y su Yuste final como los dos pilares de un imperio condenado a ser abandonado. Aquella ciudad siempre le acompañaría... en su recuerdo.

 

                                                                                              

piero © todos los derechos reservados

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4 comentarios

Edu -

El abandono es el síntoma más claro de la decadencia. Èsta, a su vez, es el fruto más amargo del abandono. Me gustan los frutos dulces y sabrosos; èsos que saben a gloria y no a podrido.
Come sempre, come al solito,…Bravo Piero!

mapi -

Lanuza me recuerda cuando no estaba habitada casa derruidas por el embalse el silencio los fantasmas del un pueblo deshabitado
un beso

mirada -

Vaya, no soporto que me pase esto, si, si, me explico:
Soy consciente de que me dispongo a leer un relato corto, consigues hacerme disfrutar, estoy plenamente convencida, me dejo llevar y comienzas a llenarme de curiosidad, y en ese momento es cuando de repente me doy de bruces con el final, pienso: caramba, yo quería que continuara....
Ahora, sólo me queda esperar al siguiente relato. Muchas gracias Pedro.

bo -

¡¡Tararí!! Carlos V entra en...
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