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16/06/2009
LA PIEL DE PÉSARO

Hay pieles que se dejan querer, que reciben la caricia humana con gusto. Y hay otras que se adaptan a la orografía con maestría, con sencillez. Pésaro es un enclave dulce, entre las colinas y el mar, con el río Fogia de guía. Es una ciudad cuca, graciosa, con innumerables carril bici, menos frecuente de lo que parece en Italia. Invadida de nórdicos en la época veraniega; cuando no lo es, se expresa con naturalidad.
Con sorna, de la buena, sus paisanos. Siempre de buen humor, no es difícil cuando se tiene el mar a golpe de ojo desde la Piazza del Popolo. Variopinta plaza. En principio normal. Cuatro lados y una fuente en medio. Pero a un lado Correos, le sigue el Palacio del Gobierno, después el del ayuntamiento, para acabar con el lado que aturde al visitante. El único lado de la plaza de ladrillo rojo, tirando a pobre, con ironía se encuentra ahí el Café Ducal, el resto ventanas cerradas, para que excesos. Ya los tiene su cocina, la despensa de su
alegría. Dice una de las referencias de la región; el escritor e hispanista Carlo Bo que: "Cada sendero es una calle de la poesía, cada barrio, encajonado de una parte a la otra del río forma parte de esa geografía suspendida que caracteriza este territorio y en general Las Marcas".
Puede que ayude a esa impresión la retahíla de eventos culturales que organiza.
El primer día de la primavera se celebra el día mundial de la poesía. A finales de junio el Festival del nuevo cine, y en agosto el Rossini Ópera Festival.
Rossini, amante en grado sumo de su ciudad natal, legó sus pertenencias al morir a la misma. No es de extrañar porque si en algo reluce esta ciudad es en el tranquilo tranco con el que se resuelven las cosas. La gente no para de usar la retranca para llegar a un acuerdo. Amansados por la brisa del Adriático dejan los malos humos en puerto y convierten su larga playa en el perfecto lugar de meditación, paseo y resolución de problemas. Porque el mar que esconde la desembocadura del Fogia, brilla, se retuerce y juega con la arena que le invita a entrar tierra adentro. Tan acompasado todo que no hay música o ritmo que no adecuen los ciudadanos. Saben de su suerte, no la proclaman; como su deje, tan
particular como sus conversaciones en la plaza soleada.
Poco maquillaje, mucha sonrisa. El salitre del mar también protege a las dermis. Las hace más vitales, más relativistas, más llevaderas. Da igual que las vías del tren partan la ciudad en dos; les basta con mirar al horizonte. Aquí el azul sí que tiene dos tonos. El del cielo sonríe, el del mar es guasón. Al final en Pésaro el coeficiente de alegría es muy alto, de geografía suspendida, como su saber vivir. Su nivel de sorna lo certifica.
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09/06/2009
LA PIEL DE URBINO

Hay recorridos en los que nunca se está solo. Caminar por la piel de Urbino provoca esa sensación. Que a cada paso están cambiando las referencias. Se mantiene el firme, casi uniforme; cambian las rampas. La que lleva hasta la estatua de Rafael, junto al parque de la Resistencia hace honor a su nombre. Hasta a las quinceañeras se les acaba el aliento. Por eso es de agradecer el viento. No es invasivo, es liviano; pero su presencia no pasa desapercibida. Eriza el vello hasta que la oreja siente que la están rozando sin permiso. Ahí uno comprende que el ser ciudad Patrimonio Mundial por la Unesco no la exime de nada, y menos de historia.
Nació aquí Rafael, nadie lo esconde. Su lugar de nacimiento es un punto y aparte peculiar. Casa con patio interior, un ala posterior de dos plantas y en la parte frontal dos alturas. Más de quince habitaciones que no pueden esconderse del frío y el viento. La profusión de cuartos con chimenea da fe de ello. Es también la sede de la Academia Rafaeliana, eso sí que es patrimonio. Sillas rococó en un ambiente del XV, buen contraste. Pero hay un punto especialmente iluminado. No es baladí. La escultura realizada por Alessandro Massarenti en escayola en 1893. Representa a Rafael de joven. Con la mano derecha cayendo en gesto forzado. Su larga caballera recogida tras la oreja diestra y su expresión hacen dudar de su condición. La escayola provoca el engaño de percibir una piel tan fina, que si no se sabe quién es el figurado, no quedará otra que afirmar que es una mujer.
Todo lo contrario que el Duque de Montefeltro. Icono de la ciudad, su retrato de perfil, que clavara Piero Della Francesca, es hoy la imagen que más se asocia con la palabra renacimiento. Su vestimenta rojo púrpura, su gesto casi inhumano, y sobre todo su nariz, proa que identifica a una época sin margen al error. Porque la gente de la región, es poco dada al divagar. Admiran su Palacio Ducal, no necesitan justificarse. Las torres de la fachada del Palacio asimilan a columnas orientales transplantadas. Ladrillo adecuado a un poderío que se mantuvo autónomo frente al papado, a mediados del XVI. Tozudez de Las Marcas. Simplicidad en el objetivo de enseñar que lo bien hecho no requiere de reconocimiento.
Volvamos a la objetividad, en el centro, en lo ponderado. En la plaza San Francisco. Tres cafés seguidos, más de veinte mesas en las terrazas, acopio de gentes del lugar que no paran de moverse, gritarse, levantarse. Asemejan a personas a las que se les acabe el café y el descanso. Nada más lejos de la realidad, tienen su tiempo, observan al visitante y conviven con la legión de estudiantes de su universidad. De calidad extrema, a la altura del burgo. Pero como él, sin publicitarse. Parece que no lo necesite, ni lo desee. Algunos señalan que mejor decir que Urbino no existe, no vaya a ser que se llene de turistas y sus ciudadanos se sientan invitados en su propia casa. Les gusta su colina, con sus amplitudes y sus recovecos. Tienen bastante con el rumor de los estudiantes, con el del viento poco pueden hacer. El aire que les ayuda a estar un poco menos cuerdos que el resto. Bendita ligereza de oído.
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02/06/2009
LA PIEL DE GUBBIO

En los confines de Umbría, ya junto a Las Marcas, las faldas del monte Ingino cobijan un racimo de palacios de cálido brillo de color ocre. Desde la llanura, la mayoría parecen una sucesión de líneas rectas. Un pentagrama para ser leído con periscopio. Una pieza a tocar con delicadeza, a sabiendas de que fue querido y deseado, hoy sólo un salón de té. Visitado y despedido en el mismo día.
Y sin embargo está repleto de vida. Como el último domingo de agosto en el que el Palio de la Ballesta reúne a los cuatro quartiere delante de la Piazza Grande. El mundo de Gubbio se detiene y toda la población comprueba que su pentagrama sigue sonando.
Como en la Corsa dei Ceri, la carrera de las velas. El 15 de mayo, víspera de san Ubaldo, su patrón, salen tres velones de madera de 400 kilos de peso portados por mozos de pantalón blanco, cinturón y pañuelo rojo, sólo los diferencia su camisa, que será amarilla, o azul o negra. Asemejan pamplonicas por Sanfermín.
Y sin embargo, son muy similares a los pasos de la Semana Santa sevillana. En una carrera por las calles de la ciudad que comienza a las cinco y media de la mañana, llevan al santo rival. Una de las fiestas más particulares de Italia.
Pero lo más singular de esta composición está en la cima. Su fría catedral se enfrenta al Palacio Ducal. En el interior del Palacio, las ruinas romanas en el subsuelo, a nivel de calle un patio renacentista decadente. Quiso construir aquí Federico de Montefeltro su palacio en sintonía con el de la cercana Urbino. Su terraza hace de balcón de Gubbio. Tan melancólico, tan decadente, que el sol de la tarde dispondrá al viajero a sentir a la sinfonía de pájaros que descansan en palacio tan espectral que hasta los fantasmas han decidido escapar. Y cuando el hombre comprende que ya no los hay, sabe que está ante un momento atemporal, carente de vida más allá de sus ojos. Que todo lo demás no existe, como un pianista delante de su partitura, pentagramas absorbentes de ceras que por tan placeadas ya no dan más luz. Es el ciudadano entonces el intérprete, el que año tras año repite a ojos cerrados la misma tradición. Mundos oníricos incomprensibles para la gente de vida concreta. Mundos intensos para quien ve en una partitura lo que no le explica la vida actual.
Gubbio está para desvelar lo que no tiene lógica, para dar lumbre a quien ya no sabe vivir en el llano. A las personas que no saben ser planas, oníricos en su pentagrama. A las tardes de té que por repetidas ya no tienen tiempo. Quien visita Gubbio no quiere permanecer. Quien comprende su pentagrama, comprende su Palio, comprende sus velas y comprende por fin que no hay dos pieles iguales, que si aquí se encontraron las tablillas de bronce eugubianas que recogen las primeras palabras del lenguaje umbro, no puede haber nadie que les diga como se debe hablar. Puede que el umbro ya no sea una lengua muy viva, pero su pentagrama seguirá siempre explicando con su música que Gubbio existió, como todo lo mágico que albergamos en nuestra mente de cálido color ocre.
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26/05/2009
LA PIEL DE SPOLETO

Hay pieles que no admiten caprichos, sólo buscan ser agradables al tacto. Ser útiles y conseguir que el resto vea en ellas deseos de permanecer. Suelen ser pieles que no se venden, se cuidan y sólo las conocen quienes con tiento y sentidos abiertos están dispuestos a tocarlas.
La de Spoleto la comprobó el español Francisco Ferrer, revolucionario al que le dieron una calle por su decisión a principios del XX. También recoge la ciudad que en 1918: "el elegante ejército austrohúngaro se fue en desorden y sin esperanza". La del visitante actual no necesita más que un poco de piernas para subir. El resto es una caja de sorpresas constante.
Entre junio y julio tres semanas de ópera, arte, teatro y ballet hacen del Festival de Spoleto el momento de vida plena para la población.
Si se necesita un poco de aire, se puede acudir en cualquier otro momento. La ciudad estará semivacía. Lo que recordará el visitante, mucho. Su oficina de turismo derrocha ironía con el lema de su campaña: "Spoleto, ¿la olvidarás?".
Calles sin visión que desembocan en plazas tan recoletas como la que lleva al
Palazzo Collicola. O la Plaza del Mercado, llena de vida a cualquier hora. O la del ayuntamiento. La Piazza Comunale, en cuesta y de visión lateral, recoge agua en su fuente, templa ánimos con su escultura de hierro forjado y da tiempo con su reloj solar. Y después una plaza descendente, algunos pensarán que para compensar, los más para poder ver la impresionante fachada de la catedral de Spoleto. Nadie olvidará semejante plano frontal. Allí se celebra el concierto de clausura del festival. Una plaza tan recogida como embriagadora para el ingenuo visitante. El salón que todos sus habitantes gustan de mostrar. El rincón que desde arriba custodia la Roca que todo lo vigila.
Llegar a la Roca Albornoziana tiene premio. Dos valles enfrentados. Y unidos. Por el hombre, en el siglo XIII. Diez arcadas de ladrillo salvan ochenta metros de desnivel en 230 metros. Mejor que las cifras, el preciso Goethe. En su viaje a Italia, relata desde la vecina Terni, en el otoño de 1786 así: "He subido a Spoleto, al acueducto que hace de puente entre un monte y otro. Y ahora siento con cuánta razón he encontrado detestables las construcciones por capricho. Todas nacidas muertas, porque lo que verdaderamente no tiene razón de existir, no tiene vida y ni puede ni será grande".
El paseante cruzará el acueducto con el inconfundible crujir de la gravilla bajo su calzado. Al otro lado, el agua cae en cascada, la gravilla seca la huella y el ladrillo del acueducto da fe del matrimonio entre hombre y obra. Sin caprichos, dando, sin buscarlo, la razón a Goethe.
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19/05/2009
LA PIEL DE RÍMINI

A veces es el agua, otras es un montículo, y algunas es el hombre. La dermis de una ciudad se ve sajada por dos líneas paralelas con traveseras de madera. Entonces el hierro se oxida y su piel queda partida en dos. El tren, se convierte en elemento mítico del viaje, y su hijo predilecto, Federico Fellini, habla del viaje a América como el sueño inalcanzable para un italiano de provincias.
Su parte antigua es de estructura clásica. Umbra de origen, luego etrusca y, después, colonia romana, Arinium. Tras muchas manos y más bombardeos, cuatrocientos sufrió en la Segunda Guerra Mundial, hoy tiene en Piazza Cavour su salón. Reformado en el siglo XX acoge a sus gentes. Nobles en porte, se dejan ver al pasear y se desviven por saludarse y mostrarse. Delicias de burguesía en la plácida Italia de interior.
Si se pasa al exterior, en busca del mar, se habrán cruzado las vías. Todo cambia. La amalgama de edificios de apartamentos camufla la que denominan mayor playa de Europa. Pero su visión es estrecha, sesgada, no hay posibilidad de perder la mirada en el infinito. La arena está acotada, como si fuera la de un coliseo romano, alquilada a compañías privadas para su uso y disfrute. Y la impresión es extraña, recargada, un punto desoladora. Pero que nadie se preocupe, siempre tendrá los más de 120 hoteles que la custodian.
Hay un trazo en Rímini más limpio. No deja la infección del óxido de las vías del tren. Es el río Marecchia. Ésta sí que es una cicatriz limpia. Se nota porque sus habitantes viven junto a él. Y están orgullosos del puente Tiberio. Realizado con piedra de Istria, fue el único que no pudo destruir el ejército alemán. Hoy, junto a él, se encuentra una de esas delicias camufladas al paseante perezoso. La vía Marecchia, callejuela salpicada de casas de una planta. De fachadas azul mar, amarillo vainilla, puertas verde oliva de madera de poco más de metro y medio de altura. Cobijan a los marineros que en día de descanso siguen calzando gorro de lana aunque el termómetro pase de los quince grados. Y entonces, el paseante remolón se encuentra con una fachada enorme, transformada en la síntesis de Rímini. Una pintura de tono Kitsch del tamaño de una pantalla de cinemascope recoge en un mismo espacio a Fellini, con paraguas en mano, y al toscano Roberto Benigni. Homenajes espontáneos de gente, que a espaldas del turismo de masas, sustituye los altares por fachadas coloreadas de tonos que sus casas ya no podían digerir.
El paseante volverá a la realidad de carteles de neón pensando que su incursión en el barrio de pescadores es un viaje en el tiempo sin cambiar el paso. Lo contrario que Rímini, que nunca sabe si es Arinium o el lugar dónde todos van y nadie se queda el lunes. Después de Fellini el cine siguió hablando. Y dejó dicho que los lunes al sol son plácidos en esta piel. Como la de Liliana Cavani.
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12/05/2009
LA PIEL DE RAVENA

Si al salir a la calle una mañana la niebla lo cubre todo, se tarda un poco en ver una escultura. Algún segundo más en identificar una pintura. Pero seguro que aún costará un poco más reconocer que lo que se tiene delante es un mosaico. Eso es lo que le pasa a Ravena. Ocho de sus monumentos están declarados Patrimonio Mundial por la Unesco, pero parece que la niebla matutina no quiera mostrarlos. Como las dermis valiosas, se refugia en el gris hasta pasado el mediodía.
Puede uno acercarse, hasta entonces, a la iglesia de Santa María en Porto o de la virgen griega. Su imponente fachada blanca esconde un interior plano. Pero muy casero. Sus bancos de madera tienen cubierto el asiento por un terciopelo rojo para hacer más liviano el rezo. Y en el lateral del banco corredero, una placa indica a que familia corresponde cada uno. La casa de Dios en el sentido más prosaico del término.
Una vez orado y en busca del sol tardano, uno puede esquivar las bicicletas que llenan el peatonal casco histórico hasta llegar a la Piazza del Popolo, y desde allí alcanzar en su lado este la adyacente Piazza Garibaldi. En el medio su estatua de mármol, pero si se cierran los ojos, se oirá mejor. Son las gaviotas, que aún estando en tierra adentro, ya avisan de la cercanía del Adriático.
Este fue el último mar que vio Dante Alighieri. En la misma plaza el teatro que lleva su nombre, y a escasos cincuenta metros, el templete donde descansan sus restos. El toscano escribió en Ravena buena parte de la Divina Comedia tras exiliarse de su región natal. También sus restos se tuvieron que trasladar. Un montículo de tierra junto al templete que lo custodia, recuerda que durante la Segunda Guerra Mundial fue cubierto su sarcófago para que no sufriera daños. Hubiera dado el visto bueno Lord Byron, que en 1819 vivió en la actual Biblioteca, a treinta metros de Dante. Dos poetas, que coincidiendo en
el extremo de la Romaña, son ahora dos de las figuras centrales de la literatura.
Pero si lo que necesita alguien en una ciudad es digerir las cosas en prosa, su Basílica de San Vitale de aspecto sombrío en el exterior, le clarificará su interior, donde se recoge un inmenso derroche de color. Sus mosaicos laterales y del fondo con escenas del Antiguo Testamento recompensan al paseante su recorrido. Lo define el poeta Eugenio Montale así: "En Ravena una antigua vida se pone en desacuerdo, en una dulce ansiedad, de repente".
Ravena tiene mucho por mostrar; entre nieblas a veces, al sol otras. Como su baptisterio de los Arrianos que muestra que la ciudad fue la capital de las regiones occidentales del imperio Bizantino. Antes lo fue del Imperio romano, cuando el emperador Honorio, temiendo la invasión de los bárbaros, se refugió en este terreno lagunar. Muchos siglos después el inconsciente de Matisse dijo: "¿Lagunas? No sois acaso una de las siete maravillas de la pintura". Quizá por el apego a los mosaicos, la ciudad no resistió al ataque bárbaro. Hoy la humedad de la niebla conserva el colorido de las teselas. Podría ser la octava maravilla, en el mosaico de la Unesco anda cerca.
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05/05/2009
LA PIEL DE PERUGIA

La foto es gentileza de Edu, una vez más.
No se acaban de conocer cuáles son los nudos que hacen inquebrantables a las relaciones. Hay tantos como ligazones. Pero de lo que no hay duda es de que si existen, es por algo. Y Perugia los tiene. Su universidad para los extranjeros, su parte antigua totalmente amurallada dividida en cuatro Rioni, su Piazza del IV Novembre, donde los estudiantes se sientan a gastar el día. Muchos elementos que conforman una piel tolerante a la de Siena.
Y al visitar la Galleria Nazionale dell’Umbria, el paseante lo comprueba de inmediato. Perugia y los seneses han intercambiado pintores, escultores, arquitectos...hoy comparten tener la mayor población flotante de estudiantes extranjeros. Cualquier lengua lejana es aquí usual. Cualquier rasgo puede sorprender al peatón. Perugia es un microcosmos voluntario. Porque fue Mussolini, en 1932, quién creo la Universidad para los extranjeros para mejorar la imagen que se tenía del país. En Umbría dio resultado. Hoy es una joya que, además de esculpirlas, las endulzan siendo la capital del chocolate italiano.
Si el paseante llega por el sur, podrá subir al centro por las escaleras mecánicas. No se asusten, es inolvidable. Parece el ingreso en el vientre de Perugia. Dentro de la roca roja, la Rocca Paolina, una humedad acogedora deposita gracias a las rampas automáticas al peatón en el salón de la ciudad. Ahí está Corso Vanucci. El ombligo de la ciudad conduce el marchar de los perugianos. Elegantes en su vestimenta, consiguen el perfecto contraste con los de indumentaria estudiantil. No se mezclan, pero conviven sin sobresaltos. Así son. Gente bien nacida. No en vano, Umbría comparte con la Toscana y Emilia Romagna su apetito por la gastronomía cuidada. Sin aspavientos, pero con materiales sencillos, alcanzan a los más nobles estómagos.
Y disimulan los atisbos de pobreza. El más notable escritor perugiano del Novecento, Aldo Capitini, lo confirma: "Nací en una casa pobre en el interior, pero en una posición estupenda, porque bajo la torre campanario del Palazzo Comunale, con la vista sobre los tejados, se ve el campo y el horizonte umbro". Introdujo en Italia la prospectiva no violenta, lo que le valió el sobrenombre de el Gandhi italiano, y con su oposición a la Segunda Guerra Mundial conformó una nueva línea de pensamiento.
La que puede llevarse el paseante inocente, la de que en una ciudad en medio de las colinas, había una vez, gente feliz que no miraba la hora; le bastaba con esperar a que el sol marcase el tiempo. Como a Capitini, que viendo el devenir de los sucesos, supo comprender que el camino de la lucidez muchas veces está alejado del ser humano. No muy lejos de las dificultades en las relaciones, las que Perugia nunca tendrá. Porque como en Siena, la alegría de los jóvenes impide ser invadido del todo por los pesimistas.
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28/04/2009
LA PIEL DE ASÍS

¿Y si en medio de una llanura se erige una montaña a la que los hombres se aferran para construir una ciudad escarpada? La historia no es nueva, y el hombre siempre tropieza dos veces en la misma piedra. Y esta piedra es inmensa. Multicolor y de varios significados.
¿Otra ciudad amurallada más? Sí, pero no. Su polo de atracción es el ser el núcleo fundacional de los franciscanos. ¿Sus raíces? Su gente, que adecuando torrentes, piedra, y vegetación salvaje, demuestra lo que el ser humano puede hacer por vivir en un lugar idílico.
Lo fue para San Francisco de Asís, que con su voto de pobreza extrema obtuvo la riqueza espiritual que se respira en la ciudad. Suba el visitante hasta el extremo noroeste de la ciudad y comience a descender. Enseguida en el casco histórico encontrará la Basílica de San Francisco. No se amilane, contemple la piedra roja y blanca y entre en la superior. La del rosetón. Quizá no le deslumbre. Al entrar encontrará una iglesia discreta y junto al altar una escultura distinta. Donada por el ayuntamiento de Palermo, el crucifijo y San Francisco a sus pies. El rostro de Jesucristo, la melena que se desparrama por su derecha no puede dejar de ligarse a las esculturas de Pablo Gargallo. Arte del XXI para una iglesia del XIII. Así es el arte en Umbría, no entiende de separación de épocas, no lo necesita. Luego baje a la iglesia inferior. Le sorprenderá la oscuridad, la penumbra intencionada quita el habla. Da el perfume del incienso y tras acostumbrar a la mirada se encaminará a la cripta donde descansa el venerado. Una vez reconocido, ya puede volver a la luz. Enfilando la plaza inferior callejeará por unas calles repletas de recuerdos, pasará por la Piazza del Comune y su fuente aliviará cualquier pesar. Su mármol relaja los excesos de la piedra. Si la tendencia a bajar continua llegará a la iglesia de Santa Clara. De nuevo otra cripta. De nuevo otra tumba, ésta de quién cortara sus cabellos el santo al seguir su misión.
Es probable que el paseante esté cansado de buscar el cielo bajo tierra. No se preocupe, no quedan más criptas. Salga, coja fuerzas y suba hasta la Rocca Maggiore, en día claro podrá vislumbrar Perugia. Si no es así, no importa. Comience a callejear, observe la piedra que amortigua sus pasos y si tiene suerte subiendo tendrá la sensación de que se acerca algo mágico.
Le ocurrió a Johannes Joergensen. El poeta danés, hijo adoptivo de la ciudad tiene su calle en la que fue su casa. Y en la placa de la entrada, una frase que cualquier paseante podrá dar por certera: "Las escaleras y las calles de la ciudad parecían conducir a las estrellas...sí, es la calle que lleva al reino de los cielos". Y una flecha con el logo del camino de Santiago nos confirma que el danés no era demasiado errante.
Como no lo será quien se acerque a este rincón de Umbría. Gente discreta, que mira a los ojos y sonríe sin esfuerzo. Como Massimo, el franciscano que con hábito y descalzo desafía el frío matutino para pedir un poco más de sentido a nuestras vidas. Vida, hábitos y Joergensen. No lo piensen más, en caso de duda, hacia arriba, por ahí está el cielo, ya lo dijo el poeta.
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21/04/2009
LA PIEL DE AREZZO

La foto es gentileza de edu
No hay duda de que todavía es ciudad toscana. Pero no puede disimular su origen etrusco. La define mejor Etruria, topónimo de los etruscos. La confirma el nombre antiguo Arretium.
Lo bueno de las ciudades modestas es que no pierden el tiempo en hacerse notar. Así el paseante tropieza con los edificios sin ser consciente de lo que se le presenta. Hacen bien los aretinos en marcarlos con el lema "La ciudad escondida". Ahí están las pequeñas joyas, la epidermis que configura la verdadera piel.
Buen ejemplo de ello es la casa de Giorgio Vasari. Célebre arquitecto del XVI que hoy en día sigue siendo sempiternamente nombrado en todas las bibliografías de libros de arte. Su "Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos" constituye un involuntario canon en la materia. Su casa, no. Hecha a su voluntad, su pequeño jardín suspendido sobre la calle sorprende por su irrealidad. Vegetación por encima de la cabeza del paseante si no visita su morada. Si lo hace podrá ver en la sala de Abraham cuatro referencias que el subconsciente asocia con cuatro propiedades de esta ciudad. Paz, concordia, modestia y virtud.
Paz a las nueve de la noche, el silencio reverbera por sus cuestas. Concordia, la que más sorprende. Los aretinos se desviven si se les pregunta. Huelen al foráneo, pero no pueden aguantarse las ganas de hacerlo adoptivo. Modestia, cercana a la dejadez con todo lo que han sido. Y virtud para seguir disfrutando de cualquier momento del día. Lo demuestran su primer fin de semana de mes, cuando el mercado de anticuarios invade la Piazza Grande y sus calles adyacentes.
Que aún no siendo muchas son muy variopintas. Si el corso Italia, verdadera espina dorsal de la ciudad, se empina poco a poco, acaba con una indómita pendiente al que se atreve a culminar la ciudad. Merecerá la pena. Contemplar la fachada de la Biblioteca de Arezzo es ver como la piedra trabajada también resplandece con motivos heráldicos. Y si aún queda un poco de resuello, veinte metros más arriba el Prato, con el monumento a otro de sus ilustres, el poeta renacentista Petrarca. Detrás del Duomo, la calle que hace honor a la ciudad escondida. Su lado norte, protegido del verde campo, todavía por el óxido; acaba coronado por una alambrada que recordará al viajero las secuelas de los bombardeos de la segunda guerra mundial. Si entonces oye el chirriar de la escalera mecánica que sube desde el llano, dejara volar su mente y volverá a los tiempos que recreó aquí "La vida es bella".
Como bello es encontrarse en los pórticos de la Piazza Grande con el Antico Caffé Teatro. Estos son los lugares que acaban de definir al aretino. Gentiles en la mirada, de trato amable, consiguen acelerar el habla hasta hacerse ininteligibles para oídos escasos de entendederas. Y es que para comprender a las ciudades frontera hace falta tener un buen poso de lo que sin buscarlo son sus cuatro virtudes básicas.
Que la paz, la concordia, la modestia y la virtud no les falten nunca. Al resto, si andamos escasos, no hay más que acudir a ella. Como buena ciudad escondida, no hay que preocuparse por buscarla, ella saldrá a nuestro encuentro.
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14/04/2009
LA PIEL DEL DESAMPARO

Hay pieles enmohecidas por el constante contacto con el agua. Hay pieles hidratadas por el mar, o por el río. Hay pieles secas por el viento, o la ventisca. Hay pieles ajadas por el sol abrasador. Pieles todas, de las que el paseante se forma una idea imborrable. Y si se diluye su recuerdo, las puede revisitar. Bueno, casi todas.
Tras la pasada Semana Santa, hay alguna menos. Desde entonces hay una nueva piel reventada. Una dermis sin rastro de humedad, con todo el frío de los Apeninos a cuestas. Con todo el polvo que su epidermis ha levantado. Con toda la sequedad que el ladrillo roto genera. Cemento quebrado que se transforma en ceniza de cuerpos perdidos.
Porque hay pieles que a veces no resisten. Se quiebran por capricho de sus entrañas. Entonces llegan las desapariciones, los heridos, los familiares destrozados, las casas rotas y las almas encogidas de los que sobreviven.
Y en esas anda el hombre deshecho, cuando se le acerca ya formado y con disimulo. Como quien no quiere la cosa. Nadie lo escoge, ni nada ni nadie puede paliarlo. Y menos se puede combatir. Con él deberán convivir los que lo han sentido. Intimida como un rey soberano a cualquiera. Porque no se sabe cómo rige, ni qué piensa, ni qué hará. Y lo más temido, qué causará.
Su majestad el desamparo reina ahora en los Abruzos. Al sobreviviente le quedan horas y horas de llanto. Horas y horas de grúas demoledoras. Horas y horas de cemento nuevo, tan plomizo como sus recuerdos. Sólo le queda la consolación de saber que Italia es una república.
07/04/2009
LA PIEL DE BRESCIA

Hay ciudades que buscan mejorar. Que necesitan adaptarse a los ritmos de vida que sus habitantes reclaman. Brescia no era peatonal. Se nota. Se ha convertido. El paseante lo percibe en su parte vieja porque la anchura de sus calles y los giros en las esquinas son cómodos para los coches. De hecho el peatón a veces tiene la sensación de andar entre huecos, por esos donde se cuela el viento. No es un viento cálido, ni frío a pesar de que la ciudad vive a cobijo de su castillo. Es un viento que despierta al párpado. Lo levanta y lo pone en marcha, sin brusquedad pero con firmeza.
Lo mejor de las ciudades reconvertidas a peatonales es que pueden ser recorridas sin rumbo. Los porches le llevarán de café en café, hasta llegar a la Plaza Pablo VI. Antes plaza de la catedral, alberga dos. La nueva, grande y desangelada. La vieja, para no perdérsela. Entre sin mirar, huélala. Y abra los ojos. No se pararán, su estructura circular evitará que encuentre un foco donde descansar. De hecho son dos edificaciones distintas. La circular, románica del XI, con ocho arcadas que albergan tres alturas distintas. Y detrás del altar, la del XIV, con tres capillas menores. Piedra románica circular que absorbe todos los sonidos. Pero no la luz, que desde lo alto entra como un reloj señalando a que altura se encuentra el día.
Aquí hubo un día de la victoria, la plaza que la honra estremece. Arquitectura de la época fascista. Columnas solemnes para edificios plantados a peso, el silbar de los mástiles le harán pensar en tiempos pasados. Es automático, como reflejo es buscar la única esquina de la plaza distinta. Una iglesia románica lo guiará, y tras tranquilizarlo lo dejará en la Piazza della Logia. Intervino Palladio en su construcción, su techo vuelve a atraer la mirada. Las cúpulas pallatinas no dejan indiferente. Es esta la verdadera plaza de la ciudad. Su torre del reloj, de gran similitud a la de la plaza San Marcos de Venecia, coloca el punto de mira al abrigo del viento. Por orientación, por estar protegida del viento y por tener la única fuente. Tan lateral que parece no querer ofender.
Fue Brixia, en la época romana. Lo atestigua su capitolio. El recuerdo romano mejor conservado. Su teatro se perdió en gran parte. Pero no es difícil hacerse a la idea espacial de su emplazamiento. El de la ciudad, un punto de descanso en la ruta por Lombardía. Sus ciudadanos son agradables con sus vecinos. Como alguna que otra ciudad de provincias, no es difícil ver a los padres paseando con pantalones de colores subidos en día de fiesta. Costumbres latinas hay muchas, y al paseante errático le viene a la memoria el rótulo que leyó a la entrada. "Brescia ciudad hermanada con Logroño".
No tiene su vino, pero desde la época romana hasta el fascismo todo lo que ha vivido el mundo ha dejado su huella en esta piel. El viento lo refresca, pero sabe que no es bueno deshacer huellas. Es generoso con el humano, que al final comprendió que las calles son para andar.
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31/03/2009
LA PIEL DE SABBIONETA

No es una ciudad al uso. Sí una hecha a la medida del hombre. Al menos esa era la intención. En el siglo XVI, Vespasiano Gonzaga Colonna intentó crear Utopía. Dentro del Ducado de Mantua, treinta kilómetros al sur de la ciudad lagunar, el duque de Gonzaga ideó la ciudad perfecta.
Amurallada en su totalidad, de planta pentagonal, cobija todos los elementos necesarios para una ciudad. Palazzo Ducale, Palazzo Giardino, Teatro all’Antica discípulo del Olímpico de Vicenza. Todo intramuros, parece evanescente. Por momentos irreal.
Cuando el paseante recorre su piel, ve una dermis ajada, abandonada, como un poblado que fue menos de lo que aparenta que fue. Sucedáneo de ciudad se queda en resto de civilización. Y lo mejor, no está abandonada. Parece fantasma pero se refleja en el espejo. Hay bares, heladerías, papelerías, farmacia. El foráneo siempre creerá que sólo abren el día que va él. Sus habitantes, conociéndose todos, no se abren a nadie. Es el precio que pagamos por vivir fuera de la utopía, no se sabe donde se está.
Por eso son parcos en palabras, y en gestos; no en miradas. La atemporalidad de esta piel les permite vivir sin segundos, caminar sin prisa, pasar los días con sentido. El del que sabe que tiene algo excepcional.
Se puede oír en un avión que aterriza en Italia, que lo que caracteriza a este país es que cuando hay un escorchón en la pared nadie se afana por corregirlo. Saben lo que es el paso del tiempo, y lo respetan. ¿Hasta dónde? No se sabe, pero después de visitar Sabbioneta no cabe duda que más del que se imagina cuando se está en el aire.
Habitantes sin tiempo, calles sin vida, rastros difuminados por piedras bateadas por tanto turista. Poco queda de utopía, menos de realidad en este pentágono surrealista. No hay tratamiento para esta piel, ni diagnóstico, ni siquiera tipología. No hay definición de lo que no puede ser tangible. A duras penas palpable, siempre quedará en la mente del visitante.
Porque lo que no tiene cuerpo material obliga a recordarlo en espíritu. Como se recuerdan las cosas que de verdad son importantes. Como las utopías.
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24/03/2009
LA PIEL DE PARMA

La piel que recubre el estómago suele ser fina. La de Parma no podía ser menos. En plena Emilia Romagna, es una fuente inagotable de gastronomía esforzada. De esa que no va vendiéndose, sino que suda por agradar. O sea, que al estómago agradecido lo tiene ganado. Situada en lo que sería el cuello de Italia, piel fina para variar; tiene a la música como su otro gran sustento. Comida y música, alianza hedonista insuperable para el hombre. Y con buena música y mejor comida lo demás o llega o, lo que es mejor, no se necesita.
En la misma corriente se encamina el escritor Vila-Matas: "Parma es peligrosa, porque está sobrada de belleza. Esa belleza angustiosa que se sitúa siempre al borde del abismo cuando cae la tarde y el cielo es puro y el viento ligero." Sí, cuando se camina por cualquier calle estrecha se percibe, difumina el olor de las espléndidas carnicerías. Un viento que parece un abanico en una tarde tonta de verano. Un compañero para el paseante que le recuerda que no está tan sólo.
La entrada a la ciudad por debajo del Palazzo de la Pilotta, se cree que toma el nombre del juego de pelota español, otra influencia de María Luisa en Parma; deja al paseante en la Plaza della Pace. Y en la paz cabe de todo. Desde el inocente jugar al balón en la hierba hasta el más necesitado trafico de mercancía entre camellos. Vistos los rasgos actuales, adentrarse en sus calles peatonales significa un viaje al XIX. La sombrerería Verner lo confirma. El gusto por lo decimonónico no fue impuesto por Verdi, rey de la única ciudad que levantando barricadas se opuso a la marcha de los camisas negras de Musssolini sobre Roma. Otro hijo predilecto, Toscanini, en 1886, dirigió la Aida de su paisano en Brasil de memoria a los 19 años ante la estampida del director brasileño en plena escena. No hay más que ir a cualquier tienda de discos o libros para ver el espacio que ocupan las partituras. Son el alimento del que se nutre el Teatro Regio, a doscientos metros de la casa natal de Toscanini, en la esquina sudeste del Giardino Ducale.
Todo a un paso como su elemento más destacado. Su baptisterio. De planta octogonal de mármol de Verona recoge una sala dividida en 16 segmentos que cubre una pila bautismal mareante. Hagan la prueba, miren en su interior. El juego óptico les hará creer que está inclinada hacia el que mira. Al desplazarse a su alrededor les perseguirá la pendiente. Mejor salgan antes de perder referencias. Verán a su derecha la fachada de ladrillo románico del Duomo, no se desanimen ante lo escueto. Al entrar verán lo que es un altar alzado. Diecisiete escalones lo separan de los feligreses. Acérquense y encontrarán el motivo. Esconde una de las criptas más singulares que se puedan ver. Han imaginado bien, parecen antónimos, pero no lo son. Una cripta de techos altos. Un espacio inferior para elevarse. Un lugar de recogimiento amplio.
Su viento ligero eriza la piel, pero siendo ducal, de forma sutil. Como si fuera una ciudad balneario que ayuda al paseante intranquilo.
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17/03/2009
LA PIEL DE TRENTO

No hay una característica común a las pieles mestizas. Se sabe que el aprendizaje de las lenguas alemana e italiana lo realizan partes distintas del cerebro. Pero en Trento, su dermis se mezcla. El alemán y el italiano conviven en los carteles, el águila bicéfala del escudo define su esencia. Fue villa romana bautizada como Tridentum por el tridente que forman las colinas Bondone, Calisio y Marzola. El que sustenta Neptuno en la fuente de la plaza del Duomo lo confirma.
Si el paseante se deja llevar hacia el noroeste encontrará el castillo del Buonconsiglio. Lugar inicial de la transformación de la ciudad. En el 1400 su arzobispo mandó pintar frescos en la torre del águila que corona el castillo. A raíz de dichas pinturas comenzaron a germinar por multitud de fachadas nuevos frescos que dan hoy en día el tono tan peculiar a las casas trentinas.
La aparición del protestantismo provocó la Contrarreforma que a mediados del siglo XVI debatió por espacio de dieciocho años la nueva postura del catolicismo. El concilio de Trento acabó de formar a la ciudad que desde entonces se llenó de legajos y tapices que recuerdan que durante unos años fue el centro del mundo occidental. Junto al museo diocesano que alberga todo lo generado en el concilio se encuentra el Duomo. Su estilo romano tiene en el rosetón de su fachada un guiño singular. No está en alto, prefiere quedarse encima de la puerta, no acercarse a las cumbres alpinas habitualmente nevadas. Parece querer respetar a la montaña. Como la basílica paleocristiana de San Vigilio que esconde el suelo de la catedral. A pesar de encontrarse en la bodega del altar mayor, no hay humedad, puede que la hayan absorbido los obispos que descansan en el subsuelo. Sin ruido, sin vibraciones, confirman la importancia que tuvo el principado eclesiástico de Trento. Ese que hoy le permite ser capital de la región autónoma Alto Adige. Sí, es el agua del río Adige la que la delimita al norte, la que ha permitido que se mezcle lo sajón con lo latino sin avinagrar ninguno de los vinos que dan kilómetros de viñedos a lo largo del valle.
Repleta de fachadas con frescos o de colores vivos, la dermis de Trento es vital y dinámica como su gente. Habitantes tan atentos que tapan el café para que no pierda el calor cuando les reclama otro quehacer. Solícitos en cualquier umbral a ceder el paso, ponen en evidencia su carácter austriaco. El que las ciudades fronterizas no pierden, sabedoras de que son más permeables al devenir de la historia. La que le ha dado el poso de un acento cerrado pero melódico. Lo austriaco y lo italiano en armonía. Su orografía asemeja a la Salzburgo de Mozart. La cúpula de la catedral con forma de cebolla la rememora. Su cardus y su decumanus lo confirma. El emperador romano Claudio la calificó de espléndido municipio. Y eso que no sabía que serviría de concilio entre católicos para acabar mestizando sajones y latinos.
Puede que si tengan algo claro las pieles mestizas, la habilidad para conciliar.
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10/03/2009
LA PIEL DE VICENZA

Decía el escritor y artista Neri Pozza que uno debe encontrar la ciudad donde quiere vivir, donde desarrollarse. Él la encontró en su ciudad natal. En su casa junto al agua del Retrone tenía muchos elementos para inspirarse. El puente, el agua que remoloneaba junto a su habitación. Convivió con la humedad. Esa que suele provocar pieles huecas, cóncavas.
Así es la piel de Vicenza, cóncava. El paseante lo podrá comprobar al menos en dos ocasiones. Es obra de su hijo predilecto, el arquitecto Andrea Palladio, que en el siglo XVI fue la mayor autoridad en la materia.
Su basílica palladiana es un claro exponente. Su techo abombado parece haber inspirado el posterior museo de Orsay parisino. Su vientre es inimitable. Cuando se entra en el útero del edificio, al paseante le acoge un porche inmenso de techo de ladrillo dejado de la mano de Dios hace más de un siglo. La humedad que desprende provoca escalofríos. Parece que la belleza de su estructura tuviera que ser drenada por su pórtico tan oscuro como fresco. A su vera la estatua que recuerda a Palladio. Su dedo índice a punto de tocar el mentón de su barba parece mostrar su carácter reflexivo. Ese que le llevo a alcanzar las perfectas escalas en sus edificaciones. Eso es lo que deja asombrado al mundo, su perfecta proporción, como si los edificios le estuvieran esperando para que él les encontrara su medida justa.
Para comprenderlo del todo nada mejor que ver su obra maestra. El teatro Olímpico. Al entrar, si uno no abre los ojos, percibirá mejor el olor del corcho húmedo. Sí, la madera que desde 1585 hace de grada retiene la humedad de un teatro tan peculiar como inolvidable. Tan vertical son sus gradas que quien se encuentra en el escenario verá el rostro del público a menos de diez metros. Un escenario esculpido, repleto de distintos episodios de la vida de Hércules, proporcionan el marco idóneo para el fondo de teatro más profundo del mundo. Con su muerte en 1580 acaba ahí el trabajo de Palladio. A la espalda de los actores el decorado más sorprendente. Con un sentido del espacio perfecto, siete puntos de fuga proporcionan al espectador la sensación de que detrás del escenario siguen los edificios hasta el infinito. Son sólo 12 metros en su profundidad mayor. Más que suficientes para dar la percepción de interminable.
Esa es la sensación que buscaba Scamozzi, discípulo de Palladio. El espectador se encuentra encima de los actores, mientras su vista se pierde en el fondo. Cambia la perspectiva del teatro tradicional. En el Olímpico hay más profundidad que anchura. Nadie pierde la mirada en los laterales. Sin existir todavía las cámaras, consiguió crear un foco natural que centralizara las miradas. Lástima que no pudiera verlo realizado en vida. Cinco años después de su muerte el teatro abrió sus puertas. En 1585 dieron a luz al foco natural en Vicenza.
La misma que se muestra en edificios como el Palacio Barbaran da Porto o el extravagante palacio Valmarana. Incrustaciones venecianas tierra adentro. Quizá las que han mantenido esa humedad cóncava que se respira por Vicenza. La que anticipa al viajero su llegada a la laguna de Venecia.
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03/03/2009
LA PIEL DE ALESSANDRIA

Un juguete. Eso es. A lo mejor no recordamos el tacto del preferido. Pero no se olvida lo que nos transmitió. Lo hace también esta urbe amurallada más conocida por sus elementos militares que por su industria. En el baricentro del triángulo que forman Turín, Genova y Milán; la ciudad del sur del Piamonte no esconde su gusto por el detalle del buen vivir.
Su plaza de la Liga Lombarda es un guiño a las maquetas de ciudades que todos los niños alguna vez han soñado realizar. Hasta seis calles convergen en ella. ¿Para qué? Para albergar un espacio desordenado como el cuarto del niño al acabar la fiesta de su cumpleaños. Un edificio ya cerrado en la plaza anuncia el Cinema Moderno, otra ironía de esta ciudad, otro guiño para aquel que haya visto Cinema Paradiso. Fachadas de algodón dulce, al hincarles el diente se percibe el hueco. El que le da la muralla perfecta que delimita su expansión.
Sí, sufre el síndrome de Peter Pan. Rodeada del río Tanaro y las colinas del Monferrato, no quiere crecer. Se encuentra tan a gusto que prefiere presumir de lo ya hecho. Su iglesia de San Giovannino refleja su estilo. ¿Una fachada más?, no. Una entrada blanca que se ve coronada por telares rojos. No es un chiste, ni una broma infantil. Lo que podría parecer la entrada de un cabaret parisino, es otra más de las decoraciones atemporales de una ciudad con nombre tan evocador.
Como su plaza Garibaldi. Al héroe unificador le han dado su salón más pomposo. Ese al que le dejan entrar al imberbe cuando va vestido de primera comunión. Ese que por protocolario intimida al hermano pequeño. Al ver las fachadas que albergan los soportales el visitante empieza a comprender lo que es el Piamonte. Cuna de los Saboya. Realezas que no son más que la pesadilla del comulgante después de recibir el sacramento. Su primera resaca sin alcohol. Recuerdo temerario de lo vivido y de lo que vendrá.
Pero como en todo lo infantil hay una complicidad con lo imaginario. Con las cosas que causan asombro en un niño. Lo que mira el que acaba de empezar a andar cuando sale a pasear por primera vez a la calle. Los sombreros. La esquina de la tienda de sombreros Borsalino transporta al XIX sin esfuerzo. No muy lejos de allí, el museo del sombrero Borsalino confirma que aquí nacen leyendas atemporales que se resisten a caer en el olvido.
Nunca lo hará esta piel tan estructurada desde la muralla hasta su cogollo. Sabe que el orden aporta sosiego a las mentes infantiles. Piel almidonada por las sucesivas generaciones que la han diseñado, evoca lo que son las meriendas en casa de la abuela. Algo a recordar con moderación. Como el chocolate con churros. Fritura tan indigesta como apetitosa, cuanto menos se coma de adulto más mítico será el recuerdo. El del visitante al irse, un salto en su cronología vital.
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24/02/2009
LA PIEL DE PAVÍA

Hay algo en Pavía que escapa a la percepción táctil. Su piedra es, sin duda, italiana. Sus paredes, repletas de ladrillo. Pero hay un tacto que no se capta en un primer vistazo. Quizá el haber disputado con Milán el ser la capital de Lombardía hasta el siglo XI. Para nuestra piel puede parecer mucho tiempo. Craso error hablando de Italia. La Ticinium romana tiene un poso indescriptible por entendederas actuales.
Llegó a tener más de un centenar de atalayas medievales; hoy conserva sólo tres, en la plaza Leonardo Da Vinci. Como tres son los plátanos que cobija el patio del castillo Visconteo. Edificado en el siglo XIV por Galeazzo II Visconti, es una bella paráfrasis de lo que es Pavía. Tres son los lados construidos. Uno queda abierto, el que da al norte, el que encamina a Milán, a la que siempre tuvo en el punto de mira. Montar en el ascensor, perfecto ejemplo de lo que es ensamblar épocas distintas, del lateral noreste del castillo permite albergar la sensación de alivio al subir casi flotando en el aire mientras se imagina al lanzar la vista a lo lejos la silueta del referente milanés.
Pero Pavía mira más lejos. Es una universidad con patios reconfortantes rodeados de escaleras amplias y cómodas de piedra que contrastan con los descansillos en madera. Piedra y madera, el maridaje que también pisó Colón siendo estudiante o que honró gente como el físico Alessandro Volta, tan querido en Italia como olvidado por demasiados fuera de la península. Saliendo del ámbito académico se llega a la plaza de la Victoria. Amalgama de fachadas dispares, parecen casas de cuento, con paredes retorcidas que intentan conservar un equilibrio que sólo muestra la interminable sucesión de ladrillos de su catedral. La que en 1989 vio como morían cuatro personas al caer su campanario. No, la culpa no fue de Barbarroja, que en 1155 fue coronado sacro emperador romano en la vecina Basilica de San Michele.
Para ser precisos, el episodio más claro de derrumbe para los paveses no es otro que el del Ponte Coperto. Es este el elemento que mejor define a esta ciudad. Cruzando el Ticino, esta estructura de piedra en cinco arcadas y cubierta en su interior de madera alberga en su punto más alto la capilla de San Juan Nepomuceno. No se sabe si tuvo algo que ver, pero el bombardeo de septiembre de 1944 sólo destruyó la techumbre de dos arcadas. Se apresuraron a rehacerlo. En 1951 ya lucía de nuevo la joya más preciada por sus transeúntes. Quizá por eso dos pequeños recuerdos en el lado sur del río tienen un valor simbólico tan alto. Una bomba aérea en recuerdo de la que lo destruyó, y una figura más humana. Como tal, más discreta. La que recuerda una estampa normal en el XIX. La figura de la lavandera que con pañuelo en el cuello y sombrero de recolectora en arrozal padano, lava las prendas sin poder disimular su sonrisa. Unos labios cerrados, sufridos, pero felices de saber que nada le hace torcer su manera de ser. Como la de los paveses. Cargados de tragedias, derrumbes y sombras que no evitan su alegría por seguir viviendo. Como el castillo Visconteo, tienen tres direcciones fijadas; falta la cuarta dimensión, como la cuarta hoja del trébol. Cuando exista será un ciudad redonda, aunque no necesita ser perfecta, para eso ya está Milán.
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17/02/2009
LA PIEL DE BÉRGAMO

Se adapta a la orografía sin problema. Es una de las más enrevesadas de Italia, pero no sufre por ello. Lo hacen las pastillas de freno de los coches, pocas ciudades gastarán más en recambiar los discos.
Desde siempre esta ciudad en cuesta que domina el valle vivió amurallada, pero cuando llegaron los venecianos, en sabia decisión, extendieron las mismas para dar cabida a una población básica de la Lombardía. Y su presencia es manifiesta. Retraída tras la torre del reloj aparece la catedral. Siempre con los leones venecianos custodiándola, hay que recorrerla para percibir que si por un lado vigilan la entrada los leones rojos, por la otra lo hacen los blancos. Mármol que añora Venecia pero que recoge una basílica de planta casi griega, no porqué sea eslava. Dentro espera el barroco, un confesionario tallado con gusto más parco y los tapices que decoran las paredes más grandes. Hacen bien, el tapiz da serenidad entre tanto elemento decorativo, permite no agobiarse y concentrarse en el rezo, y a fe que dan ganas de hacerlo.
Una vez puestos en orden con el altísimo, entren en cualquiera de sus cafeterías pastelerías. Recogidas, con amplios salones escondidos les permitirán tomar fuerzas. Las que necesitarán para comprender la estructura de la ciudad. Suban hasta el castillo de San Vigilio. Con paciencia y sin perder ritmo, podrán ver la llanura padana, si es día claro Milán, y de vez en cuando los aviones que despegan del aeropuerto vecino.
Sus pies percibirán el cambio del ladrillo rojo y estrecho de la parte amurallada a la piedra rodada que les acompañará hasta lo alto. Habrá merecido la pena el esfuerzo, tienen descansillos y sino un maravilloso funicular que les estábamos escondiendo a los perezosos. Lo que estamos intentando es comprender la ciudad, no el beneficio de un transporte ligero.
¿Y el bergamasco? De ligero nada, es uno de los dialectos más cerrados y propios de la península. Oírlo deja la sensación de que han perdido la musicalidad, pero no la necesitan. Aquí nació y yace Donizetti. Su mausoleo en la catedral es un buen ejemplo del bergamasco. Mármol de primera, sin recargo innecesario.
Paredes duras, cantos rodados, rampas acusadas. Nada es falso aquí, ni los corrillos de los estudiantes en las cafeterías, ni el género de las charcuterías, ni el dulce de las pastelerías. De vez en cuando el olor de la brasa anuncia cualquier trattoria cercana. Allí encontrará a sus habitantes recogidos en su lengua cerrada. Sólo hábleles, verá como se abren. Como la ciudad nueva. Nada que ver. Otra urbe que por necesidad se desarrolló en el llano ante la imposibilidad de volver a llamar a los venecianos para cambiar de nuevo la muralla.
No rehuyen la vieja, vuelven a ella como al regazo materno, para no perder la esencia que les hace tener uno de los dialectos más peculiares. No lo intenten, el bergamasco no se hace, se nace. Que alguien los bendiga.
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10/02/2009
LA PIEL DE MANTUA

La foto es de Paul Fenis.
Aquí no hay gabardinas. No se ve ni una. No queda otra, esta sí que es una ciudad permeable. Está habituada a absorber el agua que la circunda. El lago que forma el río Mincio a su vera la hacen llenarse de niebla en invierno. Y en verano de calor húmedo. Pero no se dejen llevar por los prejuicios. Llegar a Mantua por el norte de noche cerrada no tiene igual. Su piedra se ve realzada por unos puntos de luz que, alejados de la contaminación lumínica de hoy en día, le dan el tono oscuro que retrae al pasado.
Ese que su hijo predilecto, Virgilio, señaló. El poeta lombardo recrea el nacimiento de la ciudad en el hecho de que la adivina Manto (Mantova es el topónimo italiano) llegó a este paraje para fundarla, mucho antes de que los romanos hicieran acto de presencia.
Los Gonzaga añadieron a la barrera acuática la de piedra. Controlaron así un ducado que tuvo en Mantegna a su artista más celebrado. De su casa, poco se conserva, al margen de un patio circular. De su obra no paran de llegar de todo el mundo expertos para ver la Camera degli Sposi. Para el que padezca de claustrofobia esta puede ser su estancia. Póngase en el centro, y entonces sí, levante la vista hacia el techo, si lo encuentra dígalo. Si no, disfrute, Mantua está concebida para eso.
Como la galería de los espejos. No se ponga nervioso, vaya pasando salas del Palacio Ducal y cuando llegue a ella, de dos pasos hacia dentro, y deje la vista vagar. La incitación al placer visual en sus frescos pueden hacerle llegar a sentirse fuera de este mundo. Esa es la percepción que los mantovanos le van a transmitir. La de que todo es suave, amable y confortable. Como sus calles, tan porticadas como otras ciudades, pero con la coquetería de poseer el regalo más bonito de la noche de reyes. La concatedral de Sant’Andrea guarda los restos de Mantegna . Afortunado fue de ver antes de morir la cúpula barroca de León Battista Alberti. Infinita en la fuga de aire que provoca, la sensación de mirarla desde abajo. Sus arcos en las naves laterales imitan los del mundo laico del exterior.
Siempre hay trozos de piel que por vergüenza se tapan; el palacio de los Arco lo sufre. Vergüenza da que no sea más promocionado. En un estado de conservación decadente sólo al visitante bien asesorado le será permitido ver lo que una inversión en arte bien hecha da. Como dicen los italianos, también Garibaldi durmió allí, sólo que no hay duda de que entonces era más cómodo.
Pero si todavía piensan que es una ciudad demasiado acaramelada, lean la historia de los Gonzaga o vayan al Palacio Te. Al sur de la ciudad encontrarán la segunda residencia de los duques, abierta al campo. Podrán ver en la Camera dei Giganti una de las más aterradoras creaciones del renacimiento. Júpiter destruyendo a los titanes. Uno de ellos en una esquina sólo tiene un ojo, si soportan el esperpento más de cinco segundos, todavía les parecerá más dulce Mantua, y sin haber probado la sbrisolona. Después de una buena comida, bájela paseando por la laguna, siéntese junto al sauce llorón, y si no lo entiende, escuche el diálogo entre los cisnes y los patos, nada que ver con los que tienen los besugos. Y no por ser de agua dulce.
Dulce y permeable es la piel de Mantua, la que todos querríamos tener.
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03/02/2009
LA PIEL DE SIENA

Siena es un milhojas. Su historia tiene más papel, pero la ciudad es un dulce. Desde fuera de la muralla es una unidad. Cuando se entra, al masticarla, se rompe en las 17 contrade, los barrios en los que se divide la urbe. Si a un barrio no le toca disputar el Palio paga a otro con el simple fin de que no gane su enemigo. Ya ven, menos de 50 mil habitantes y no se pueden ver desde el medioevo. Quien dijo aquello de que las discusiones son eternas.
Su piel no es monocolor. Gris cálido en la alegría de los seneses, empeñados en hablar en las puertas de sus negocios con o sin excusa tabaquera. Siempre pisando el suelo. Las paredes de rojo ladrillo, dieron nombre a ese color en todo el mundo conocido, rojo siena. Y luego llegó el mármol. Su luz abruma en la fachada del Duomo, su catedral tiene en su rosetón el único cristal que compensa el mármol negro y blanco. Hay mucho por hacer y deshacer en la ciudad, pero nada por eliminar. Su historia es la de la humanidad, luchas por banderas, el palio es la celebración que mejor la representa. Sus manzanas perfectamente delimitadas como territorio al que se pertenece. Porque uno no elige de que contrada quiere ser, se pertenece a donde se es bautizado contradiolo, y nada lo puede cambiar. Le pondrán el pañuelo al cuello y de por vida formará parte de un grupo que tendrá su semana grande con fiestas y juegos para recaudar fondos. Desde finales de abril hasta mediados de noviembre, 17 semanas, una para cada barrio, donde se encenderán luces y se sacarán las banderas a las calles para proclamar su fiesta mayor. La noche previa a la disputa del Palio, 2 de julio y 16 de agosto, cada una celebrará una cena al aire libre y bendecirá al caballo que será gobernado por un jinete que lo montará a pelo después de lo que haya marcado la suerte. Muchos años, siempre dan muchas reglas.
Pero lo que de verdad nunca se aprende es a no sorprenderse al ver la Piazza del Campo. Si uno entra por el norte, desde Florencia, dejará atrás Porta Camolia, para en un sube y baja de atracción de feria llegar a Banco di Sopra. Puede que la aglomeración de gente le permita intuir algo, pero hasta que no baje las escaleras, mejor manera de captar la escena, no descubrirá lo que es una plaza de mil vidas. La planta de la plaza simula a la de una concha, será cierto, pero uno contemplando las palomas que la habitan, no puede dejar de pensar que la forma plantar de sus patas algo ha tenido que ver. Y en la fachada del Comune, la Torre que todo lo preside y todo lo recuerda. Sobre todo sus más de 20 torres que le acompañaban cuando Siena era la capital de la Toscana.
Sin coches, como toda ciudad medieval; sin bicicletas, sus cuestas no son buenas compañeras; el protagonista es el paseante que podrá oír sus suelas sin gran esfuerzo. Entonces podrá sentir la piel de la ciudad. Pocas ciudades permiten conocerla a través del pie humano. Para conocer pieles cualquier parte sirve, sólo hay que estar despierto a ello. Nada le hará adormecerse en esta ciudad que cuando no tiene palio está organizándolo, y si no tiene su universidad para extranjeros y si no su reconocida academia de música y si no...hace falta más para convencer. Nunca en tan poco espacio encontrará una ciudad tan formada y contenta. Aprovéchenla, su piel está a un paso de todos los pies.
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27/01/2009
LA PIEL DE PADUA

Lo mejor de su piel está detrás. Si se salva la epidermis, queda la dermis más sorprendente que se pueda imaginar. Sortear su catedral para recorrerla por detrás de sus ábsides le llevarán a confundirla con las calles romanas.
Menuda es Padua. Más pequeña de lo que en realidad es, su entramado es perfecto para todos sus habitantes. Sus innumerables porches la asemejan a Bolonia. Sus incontables bicicletas pueden confundirla con Ferrara. Su gente no. La autóctona por su acento ya casi veneciano. La flotante por la alegría de estar estudiando en la segunda universidad más antigua de Italia.
Si el paseante quiere perderse en sus soportales no se preocupe, siempre volverá a una plaza. No la olvidará, sus fachadas multicolores le harán parecer que ha llegado al barrio de La Boca bonaerense. Sus edificios monumentales le darán idea del poder económico del Véneto. La sempiterna figura del dragón alado podría ser el preludio de Venecia. Pero no hay que llevarse a engaño, el estar a la sombra de la ciudad de los canales le permite expresarse como es. Un rincón dicharachero. Desde la salida de las guarderías, la discusión en la calle recordando al Speakers Corner de Londres, hasta los flirteos de los universitarios, todo nos enseña que esta es una piel que transpira vida, que no necesita maquillarse porque sabe que en su verdad está su belleza. La de los que saben que el buen gusto por la naturalidad te lleva a ser como se es. Alegre sin aspavientos.
Ver el reloj de Dondi en la Piazza dei Signori marca, pero si uno tras ver el túnel que lo sustenta se atreve a traspasarlo, nunca lo olvidará. Dejara atrás un entramado de soportales llenos de vida frenética. Ingresará en un bosque de hojas y árboles casi mágico. Rodeado de facultades de la universidad que fundara el clan de los Carrara, uno tendrá la sensación de haber cambiado de ciudad sin haber pasado muralla. Este es otro de los tesoros que demuestran que aquí las cosas se hacen con un marcado sentido por la belleza silenciosa. La que seduce por su simplicidad.
Pero si lo que se busca es algo chic, no hay más que acudir a la Piazza delle Erbe. Su lado sur lo delimita el Palazzo della Ragione. De dimensiones nada reducidas, su cúpula le hará parecer tener delante el museo de Orsay parisino. Para recuperarse del susto no hay que buscar más que detrás para comprar en el mercado desde el pescado más fresco a la fruta más tiesa. En las tabernillas de alrededor, lo podrá degustar recién hecho, y en su punto. De nuevo la alegría de lo bueno bien hecho.
Esta es la piel más bonita de las que no se muestran. Saben que en la dermis se juega la estructura de las cosas, que la epidermis es para las fotos. Y esta ciudad no necesita un icono para las postales, le basta con ser visitada. Nada la puede retratar más.
Si alguien en un día gris, le dice que ya lo ha visto todo; mándelo a Padua, enseguida olvidará la patada con la que le envió, su dermis lo aguantará y se lo agradecerá de por vida.
Cóbreselo con cualquier tratado dermatológico sobre las dermis bien formadas.
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20/01/2009
LA PIEL DE FERRARA

La foto es de neokle
Ferrara es más que nada todo. Fue donde Lucrecia Borgia tuvo que trasladarse a vivir después de casarse con un Este. Aparte del demostrativo mayúsculo, le supuso soportar las nieblas del valle del Po, en la frontera con el Véneto. En tres siglos los Este consiguieron que Tiziano, Petrarca y Ariosto formaran parte de su mecenazgo.
Resulta sorprendente hoy en día llegar a la plaza de la catedral y verla invadida por los puestos de un mercadillo que domina lo que tendría que ser el salón de la ciudad. Si uno logra salir de ella se encuentra con la plaza de la República. Por enésima vez en Italia, siempre los dos poderes frente a frente. Curiosa esta plaza, parece un patio de recreo con su escalera cubierta y sus fachadas tan ásperas como vividas.
Mucho ha pasado en Ferrara, la mayoría no quiere ser contado. Su hijo Savonarola tiene buena plaza que preside su estatua de dimensiones que, simulando su vida, son intimidantes. Por suerte para nosotros el escritor Giorgio Bassani en su "la novela de Ferrara" hace un retrato excelso de los que la habitan. O en sus "cinco relates ferrarenses" donde se encuentra la historia del farmacéutico paralítico que tuvo que contemplar sin poder hacer nada como un 15 de diciembre de 1943, los camisas negras ajusticiaban sin demora a brigadas antifascistas. Mucho de lo más oscuro de la península sucedió aquí.
Hoy es patrimonio mundial de la humanidad, nadie lo duda; y la ciudad de las bicicletas, aún menos. El peatón aquí se ve invadido. Eufemísticamente se siguen denominando áreas peatonales. En realidad, por el centro de esas calles van las bicis, y los que se atreven a caminar entre ellas se ven obligados a pegarse a los escaparates. Pocas ciudades gastarán más en limpiacristales.
Así que a pertrecharse de un velocípedo y a pedalear, que no faltan murallas desde donde ver la estructura de la ciudad. No hay que preocuparse, todos caben en la ciudad de los ladrillos, recorrerla hasta que cualquier puerta de la muralla recuerde que los duques de Ferrara nunca tuvieron sueños modestos. Reina del Po por un buen tramo, su piel es la de una señora que ha vivido mucho, comprende más y cree saberlo todo. Por eso nadie duda de si es o no ferrarense.
Su ajada piedra lo dice todo, su entramado de calles no es tan simple como el de la mayoría de las ciudades medievales. Hay algo en su textura que la hace excepcional. Quiere ser admirada pero no tocada, menos adulterada. Le sienta mal la modernidad a una ciudad que vive con una piel de mala conciencia. La de saber que nunca dejará de ser la Ferrara fascista que en muchas partes de Italia fue reprobada.
No seremos nosotros quienes la condenemos, pero visitarla permite saber que no todas las leches corporales sirven para una piel demasiado tocada por aires impuros.
Quien quiera ser malo, que piense que su escudo es blanco y negro. Quien prefiera ser optimista, confíe en que en el valle del Po, no todos son maniqueos, a pesar de que se vocifere para recoger firmas de adhesión a Forza Italia. Quien quiera comprender la historia política de Italia no puede olvidarla. Quien quiera ver la huella dejada por el hombre, tampoco.
16.11.07
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13/01/2009
LA PIEL DE CREMONA

Stradivarius. Fotografía original de Stefanelf
Como ciudad Padana que es, su tejido no puede olvidar la piedra. Cuando se llega a ella, se han atravesado varios pueblos con torres. Pero son muy curiosas, asemejan chatas, amplias de base no necesitan erguirse para dominar la llanura. De hecho parece que se han acomodado tanto a la niebla que le tienen miedo al viento, por eso no han querido coger altura.
Se la han dejado toda al Torrazo, la torre campanario más alta de Europa es el faro de todos los violines. Subirla una necesidad, después de visitar sus 502 escalones uno comprende de que esta hecha la ciudad. De colores tomados, de un arcilla sangrado, de un gris ceniza, un blanco tocado de humedad, y un negro desacralizado. Si se tiene suerte y puede uno subirla sin gente, sólo oirá el rastro de sus huellas en la piedra, a lo sumo oirá un bisbisear, son las palomas que se mueven por el pasillo de su casa sin mirar a nadie. Torre cuadrada al inicio que permite tener sensación de amplitud cuando las fuerzas aún acompañan. Se convierte en otra de planta octogonal que obliga a la escalera de caracol. Lo que sería su barandilla no es más que la piedra pulida por millones de manos que dan una sensación sedosa a la falta de oxígeno que se empieza a acumular. Si uno se despista, su mano caerá en terreno arisco, se raspará y comprenderá lo que es salirse del camino. Otro tacto que nos aproxima a la lija que creíamos haber olvidado en la escuela.
Cuando uno llega arriba entiende la piel de la ciudad. A la izquierda de la plaza los monumentos religiosos; si gira la vista a la derecha, los civiles le recordarán lo que fue una ciudad rica e independiente. Cuna de los Amati, Guarneri y los Stradivarius. Esta es delicia aparte. Salpicada de Luthiers, uno no deja de maravillarse de la suerte que tiene Gaspar. El luthier de la plaza del ayuntamiento extrae la madera, la pule y después de encolar el futuro violín, levantará la vista para no intoxicarse y verá por enésima vez la fachada de la catedral y los 112 metros del Torrazo que todo lo preside.
Cuando Francesco Sforza y Bianca María Visconti presidieron su banquete nupcial en octubre de 1441, tomaron de postre el primer turrón cremonés. Con la forma del campanario de la catedral, el dulce se bautizó como Torrazzo- o Torrione- de ahí el actual Torrone que no falta desde entonces en ningún mes del año.
Seguro que lo come el quiosquero que a mitad de mañana en mangas de camisa pero con bufanda deja su sustento con el cartel de Torno subito más feliz que unas pascuas. Han pasado ya muchas para esta piel reventada de años, pero no de achaques. Lo prueba que mira adelante. En un edificio en reconstrucción se anuncia para 2008 la apertura de un Café literario. Su reclamo actual, Dante y Dalí. ¿Se imaginan su crítica de la cata de café?
Mejor abandonamos sus callejuelas entre el olor a cola de pegar y a dulce de almendras. Cola dulce para pegar almendras. Nada que ver con el zumo de zarzaparrilla que aquí se tiene que esconder ante la exhibición de buen gusto de los lombardos con más perspectiva.
15.11.07
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07/01/2009
PIELES DE MARTES

La piel del martes ya ha dado la espalda a la de la resaca del lunes. El fin de semana siguiente aún queda lejano. Por eso los martes, las pieles se encuentran relajadas. Son más permeables a lo que las roza. Se impregnan de aromas de Italia, como un niño de su helado preferido.

